En la décima y última vez que se
vieron que fue el día de la final del setenta y ocho, en su oficina, justo a la
hora del entretiempo, como él lo planeó para que se enteraran de esa reunión la
menor cantidad de chismosos y además para volver por lo menos para ver los
últimos minutos del partido, el gringo le volvió a decir a la mujer lo que le
viene diciendo desde hace unos años, que hable con el marido y lo haga entender
que ellos no quieren cambiarle las ideas que él tenga, que el doctor puede
tener las ideas que quiera, que lo que le piden es que no las mezcle con las
cosas de la empresa, que una cosa es una cosa y que la otras cosa es otra cosa,
que no las mezcle especialmente con del personal de la empresa, que no ande
diseminando inventos sobre obligaciones de los dueños de repartir remedios
gratis, que ellos gastan mucho para cuidar que los coyitas no contagien ni la
fiebre amarilla ni las pulmonías, que eso los perjudica, y que entienda que
ellos son muy poderosos, tanto que ahora le anuncia que hablaron con el chino
para ver si avalaba que lo pusieran en libertad al doctor y que dijo que sí que
lo avala y que el partido lo avala, pero que ellos le piden, porque no es que
lo necesitan que se calle o se vaya del pueblo, porque si sigue hablando mal
que mire las relaciones que tenemos, el gringo le volvió a decir a la mujer lo
que le viene diciendo que si no ellos no se hacen responsables de lo que le
pase que habrá visto lo que está pasando, que él entiende que debe tener la
cabeza como el cabezón de la propaganda de geniol pero que lo haga entender al
necio de su marido que no es bueno ponerse en contra de la empresa que ahora es
lo mismo que estar en contra de los militares porque algunos trabajan en la
propia empresa, que es lo mismo que estar en contra de los curas que ahora
andan chochos porque reciben fondos para
donaciones de caridad y además para restaurar y pintar las iglesias.

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