El ají puta parió triturado
mezclado con orégano, ají picante, y aceite de oliva, el carancho Luis tenía
unos gustos muy sofisticados para echarle juguito a los caldos al locro y al
final a todo lo que le ponían al frente en un plato playo en un plato hondo
llenos de menjunjes y especias, y le encantaba aprender sobre las comidas de
los pueblos hermanos cada vez que un compadre de esos compadres vitalicios que
se hacía lo invitaba a comer picante de pollo o sopa de maní o faina con arroz,
no le hacía asco a ninguna de las comidas de los paisanos para los que era todo
un honor que el doctor que le curaba los niños los visitara en los ranchos
propios que él se tomaba el trabajo de llegarse por allá, en persona, por más
que tuviera auto y anduviera con unas chaquetas que su mujer dejaba muy blancas
por la lavandina, después de todo no le fue mal cuando lo despidieron del
hospital del ingenio y comenzó a trabajar por cuenta propia, era bueno en lo
suyo el carancho y él lo sabía y además como él había solamente otro y había
quedado atrapado por las pirañas de los dueños del hospital que lo hacían
trabajar para ellos tiempo completo, tenía sus pacientes que le desbordaban los
turnos que daba una secretaria gorda con cara de pocos amigos pero que en el
fondo era una gorda bondadosa que manejaba con discreción los turnos ojeando a
lo que venían de comedidos nomás o a los que venían por cuestiones serias, no
le fu nada mal los pacientes se quedaban horas esperándolo porque sabían que él
los atendía, y le pagaban algunos al contado otros le pedían que les anote como
en la lechería para pagarle los servicios a fin de mes y otros directamente le
pagaban en especies, dos gallinas por una fiebre remedada, varios gramos de
azafrán y comino, tres docenas de huevos por recomendaciones del jarabe de la
tos, dos chanchos para las fiestas si la tarea había incluido indicaciones y
remedios contra el falso cruz o la tos convulsa, el carancho Luis las recibía
con gusto porque de todas maneras era una forma de reducirle los presupuestos,
o de hacerle más holgada la billetera de parte de sus pacientes que parecían
clientes porque los padres le agradecían infinitamente los cuidados con su
guaguas.

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