Los que terminaban estando en las
listas negras pero bien negras, más negras cada día que pasaba del veinticuatro
de marzo, clasificaban más por cantidad de chismes que por la calidad de los
puteríos que comenzaron a circular por todo el ingenio, parecía como si los
vecinos se hubieran vuelto locos de prepo, unos contra otros y otros contra uno
justo al revés de los tres mosqueteros, de un día para otro, y cada uno iba
cayendo con los milicos inexorablemente, sea en reuniones barriales, en
asambleas de clubes, en juntas de escuelas, ellos se iban encargando de decir
que su presencia obedecía a una lucha intestina con enemigos del pueblo,
apátridas que querían imponer el comunismo y todas las cosas nocivas de esta
vida, y los milicos por aparte o en grupos los sometían a interrogatorios
exhaustivos, se metían en las intimidades de los vecinos como si nada y con los
despliegues de las fuerzas del ejército de la gendarmería y de la policía
regular del pueblo les metían miedo, y entonces los parroquianos hablaban más
que lo que ellos querían decir lo que querían escuchar los uniformados que con
despliegues de uniformes y armas se imponían donde anduvieran, cuanto más
vinieran se presentaran voluntariamente o los sometieran a interrogatorios más
comprometidos, y dieran algunos apellidos, los aludidos quedaban crucificados
sin derecho a defensas, en listas que pasaban por la administración y
terminaban en los jefes de los operativos nocturnos, podían salvarse ex
convictos ladrones de gallinas, podían llevarse al más santo si muchos decían
que estaba con los comunistas.

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