En las tardes aburridas en el
plumerillo, más que otras esas tardes del verano cuando el zonda empuja para el
lado de los andes, el capitán parece no tener mejor programa que quedarse al
lado de Beltrán acompañándolo en las largas horas en las que funde lo que
encuentra para que eso después le alcance cuando llena los moldas, para armas y
herraduras tiene un latiguillo, porque le gusta al capitán que el lenguaraz del
fraile le cuente las historias de los jesuitas y las conexiones de los hombres
de la congregación, con lo que está pasando en el virreinato, o en los pedazos
que quedan del virreinato después de los aires independentistas del diez, más
peleas entre vecinos hispanos o hispanos nacidos en las américas y sus propios
hermanos, al capitán le gusta el relato del fraile cuando le dice que todos los
líos empezaron con Luis quince y el jesuita ese famoso que en las antillas en
la martinica creo un emporio mercantil que él mismo fundió para bronca del
monarca para el que encima no eran santos de sus devociones, que como
cucarachas todos esos novicios y profeso, seglares y clérigos, se volvieron
iracundos y resentidos, por eso andan por donde pueden revelando los secretos
de los españoles y de los portugueses en las américas, secretos de mucho valor
para los otros que están desesperados por llevarse las riquezas a sus tesoros,
el capitán puede pasarse horas escuchando a Beltrán que se entretiene con eso,
es su manera de pasar las largas horas que se pasa siguiendo personalmente el
trabajo de los fundidores.

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