La Campusano Cornejo tenía
veinticinco y el general de los andes había comenzado a desandar su cuarta
década por eso al vivo del general de los generales le tienen que haber movido
todas las estructuras la gracias de esta dama que además le llevaba y traía
información muy valiosa, mientras la buscó entre lugares donde él la
arrinconaba y ella le seguía en el juego a veces a la vista de todos otras
veces a resguardo de miradas indiscretas, mientras él se ocupó de mandar todos
los decretos declaraciones y proclamaciones que se necesitaron para terminar de
cumplir con las instrucciones que tenía de sus jefes de la logia, menos la que
parece que le arruinaría ese enfermo de Bolívar que por lo que dicen sus
embajadores, no entiende que es mejor una mala monarquía que un buen congreso de
republicanos, porque así como les pasó a los franceses después de la
declaración de la Bastilla terminaron con un emperador vitalicio, en esas redes
de confabulaciones de traiciones y lealtades que se le convirtieron los
atardeceres y las noches limeñas especialmente, mientras él va y vuelve de
estancias prestadas y escondidas con su amante en esos mismo atardeceres y noches
entre sombras claras y oscuras, entre seso y las intrigas el general de los
andes escuchaba todo el día a peruanos quejosos disimulaban que no querían los
virreinatos ni a los españoles, en los salones de la casa de ella en la calle
San Marcelo, barrio de La Perricholi cercana a la de Sáenz la del otro la del
terco, la Campusano Cornejo y la otra las señoras de Tacna rebeldes y liberales
con paciencia para escuchar a los realistas como el virrey Pezuela y el mariscal
La Mar, para que sus queridos como el general de los generales dispongan de
datos certeros.

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