Cuando las destrezas de él no son
las suficientes tiene suerte y entonces hay oficiales y asistentes, generales y
coroneles, como veintiséis embarcaciones entre naves de guerra y transporte
comandados por ese almirante que él sabe que lo tiene entre cejas por sospechas
que le corteja a su sociable caderuda consorte, pero de esos oficiales que son
buenos y entonces son posibles los descansos entre planes que se hacen batallas
que se programan, guerras de zapa, conservador en los menesteres de los planes
largos estudiados en todos sus detalles con sus compadres de la logia por
libertades o independencias, el general de los generales anda todavía a cuestas
con don Hipólito de Villegas como tesorero de sus huestes y con don Diego
Paroissien como cirujano de sus mismas fuerzas y de él mismo, que a veces anda
doblado recorriendo campamentos estén donde estén, en esos escenarios
pestilentes donde los aires se hacen densos con los efluvios de las pestes que le
matan más hombres que las batallas, esos mismos abnegados que en los ratos de
tranquilidades juegan su tresillo como habrán jugado en la taberna de Baco mientras
prueban charquicán y se toman ese vino que pícaramente ocultan en sus cuernos
de vaca que son para llevar agua desde los andes y ahora, divirtiéndose aunque la
mugre las basuras los desechos y los chismes son más desvastadores que los
arcabuces en muchas ocasiones, y aunque esté doblado de las dolencias que
mitiga Rosita su retoño limeño que lo mima con sexo y con chismes, es de andar
infundiendo los ánimos allá donde lo necesitan, es que en los insomnios le
vuelven las pesadillas de los lejanos días en las laderas de Potrerillos
pasando revista y dejando correr las versiones que pasaba por el sur para que
los realistas lo esperaran por allá cuando fue más al norte, en esos días
cuando ese señor don Hipólito lo sacaba de los apuros con los fondos que le
enviaba el director supremo pidiendo a las patricias mendocinas o a sus
patricios correspondientes, eso lo mantiene despierto, los fantasmas de Cancha
Rayada y las revanchas de Maipú, el general camina en las tardecitas después de
administrar los partes y las proclamas, esos compatriotas, americanos, que
tienen que terminar de entender que el último virrey del Perú hará esfuerzos
para prolongar su decrépita autoridad, aunque los tiempos de las imposturas y
de los engaños, de la opresión y de la fuerza están ya lejos de nosotros, y
sólo existe la historia de las calamidades, hay que entender que hay que poner
término a esa época de dolor y humillación, este es el voto del Ejército, del
Libertador, delira entre sueño y sueños el general de los generales enredado
con las piernas de su querida Rosita.

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