Cuando Robert empezó con sus
maldiciones unos cuantos más que el propio Lagresse, vecino de calabozo
convicto igual que él en los confinamientos húmedos del retiro allá donde van
todos los condenados a reclusiones largas y a trabajos forzados, unos cuantos
más lo escucharon, de todos los que andaban por allá, porque más que
maldiciones eran estertores secos que salían de su garganta y atravesaban de
medio a medio los largos pasillos y las paredes largas hasta el techo, solo
palabras desarticuladas algunas otras un poco más armadas porque Robert se
ahogaba maldiciendo, cuando Robert empezó con sus imprecaciones unos cuantos
más que el propio Lagresse lo escucharon es que se puso a llorar y a decir por qué nadie le explicaba que por qué el juez de
instrucción dio la orden de la libertad de Javiera, la noticia corrió como
reguero de pólvora por todos los pabellones del retiro, la libertad de ella y
de un par de compatriotas que parece por lo que dijo lo que habrá presumido ese
gavilán con órdenes precisas del director general o alguno de los gavilanes
ayudantes que cobraban por sus voluntades, que el hombre había dicho que no
tenían los méritos suficientes para dejarlos adentro, cuando habían complotado
igual o peor que ellos, que el juez era un incisivo un maligno de hacer malicias
en serio y que en esto más que una malicia era una maldad aunque tuviera la
forma que estaba administrando justicia.

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