En los atardeceres calurosos de
Humaitá, en la vigilia permanente de cuidar que las fuerzas de la infantería de
los infelices de la alianza no penetren en suelo paraguayo, los hombres
descansan en los intervalos de los bombardeos y tumultos y entreveros que se
arman de rato en rato, muchos de ellos no tienen treguas por días enteros, y entonces
además de heridos o atacados de las cagaderas del cólera se mueren de insomnios
y se desploman para siempre en algún rincón de la fortaleza, es que semejantes
guardias continuadas para que ellos no entren al imperio del mariscal Solano
López, quedan desnutridos y deshidratados, olvidados de sus oficiales que justo
al mariscal arman estrategias en maquetas de arena mientras comen opíparamente
en banquetes especialmente preparados por los cocineros del frente, en los
atardeceres calurosos de Humaitá como en lo de Curupaytí cuando fue como en
Piquisiry y Boquerón y Villa Rica, los soldados desfallecen atendidos por sus
mujeres o por las mujeres de otros que van con el ejército con el propósito de
custodiar a sus guaguas que se mueren y desfallecen igual que los hombres
adultos, ellos toman descansos entres bombardeos y piquetes que avanzan y
retroceden ellas levantan las voces en responsos por las almitas de los
muertos, como ese gauchito Antonio que por lo que cuentan le hizo el milagro de
salvar al hijo de su asesino de una enfermedad incurable, en sus descansos
ellos igual que ellas le rezan a ese gaucho Gil que siempre les responde con
las gauchadas que le piden.

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