Acorralado en Humaitá si se
acordará el brigadier de los días previos a que empezara todo de ese veintiséis
de diciembre del sesenta y cuatro, por allá cuando poderosos ganaba con dar
órdenes solamente a sus oficiales arteros como el mariscal Estigarribia, de
esos días cuando el coronel don Vicente Barrios mandó ocupar las posiciones más
convenientes en esa fortificación del imperio para sus operaciones, sobre el
fuerte de Coímbra, primera fortificación brasileña sobre el Alto Paraguay que
habrán andado haciendo por allá esos resistentes soldados abajo de la
desembocadura del Mbotetey, allá donde los tres mil paraguayos armados con doce
cañones rayados una batería de treinta foguetes franceses de veinticuatro mm
protegidos por diez embarcaciones de guerra se enfrentaron a los brasileros que
tenían once piezas de bronce de alma lisa en batería de latones que destruían
lo que rozaban, y otras veinte sin reparos más de cien oficiales y soldados de
artillería a pie casi nada comparado con las fuerzas del mariscal, reforzados
por cerca de treinta guardias nacionales, media docena de prisioneros y dos
decenas de indios mansos, cuando los brasileños abandonaron el fuerte y fugaron
en el vapor Anhambaí de que disponían, que luego ahorita nomás sería capturado,
que no se acordará de los tiempo cuando ganaron todas las batallas cuando nada
hacía presagiar capitulaciones ni rendiciones.

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