Y a la mariscala doña Elisa la
quiere el pueblo porque ella se desenvuelve tanto en los salones de la sociedad
donde se desparrama terciopelo y filigranas doradas de cortinas y alfombras en
el nacional el club más lujoso de Asunción donde los hombres andan de levitas y
de sombreros de copa y las mujeres con unos vestidos por los que no pueden ni
moverse, allá como entre el gentío la mariscala allá en las fronteras en la
aldea donde la gente baila unas canciones alegres que llaman chamamé y cuando
termina pegan un grito y dicen sapucay
que parece que están enfrentados con la fieras más peligrosas del monte
paraguayo o en los estuarios insondables de esos ríos donde asechan los
traicioneros de la triple alianza y los socios que se hacen los desentendidos
para hacer buenos negocios, allá mismo donde los hombres no cuidan tanto sus
vestimentas y las mujeres que aunque pobres lo mismo se acicalan, y a ella la
quieren, unos la gente común los paisanos de a pié los trabajadores los
labradores, y la odian los otros que aunque se llaman a sí mismos ciudadanos
decentes porque se visten y comen diferentes son una lacra que vive del sudor
de la gente, esos que bailan elegantemente en las veladas que hacen sin
consideración que están en la guerra con el pretexto de presentar en sociedad a
sus varones a los dieciocho y a sus señoritas a los quince en edades de merecer
para ver si los relacionan con miembros de la sociedad del imperio y de los
uruguayos, allá va doña Elisa que tiene inmunidad para demostrarles que el
mariscal se enterará por ella de los traicioneros y también en las fiestas de
la indiada porque no quiere decir que porque sean unos muertos de hambre no
sean traicioneros cuando los son hay adonde bailan chamamé más y peores
traicioneros que en los círculos de la sociedad donde bostezan bailando minués.

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