Elisa le
termina curando las resacas al mariscal cada mañana siguiente a las noches de
libaciones de los licores de primera que sus reputados oficiales contrabandean
en las alforjas cuando van y vuelven de las misiones que hacen al mato groso a
la aldea y a los otros lugares con puertos más importantes que el propio de
Humaitá que sirve más de fortaleza para resistir a esos vendidos y cobardes de
la alianza; Elisa la mariscala es la única que termina con el mariscal en las
mañanas siguientes a las noches que termina con trancas infranqueables que si
tuviera los enemigos que imagina que tiene lo podrían degollar tranquilamente
porque queda descerebrado el mariscal por los problemas en los frentes de
batalla, ella es la única que lo cuida pero que además le teme como todos en el
círculo reducido de sus cortesanos que suman un circo completo un séquito de
malabaristas y de equilibristas porque tiene fijaciones con su infancia en
Asunción cuando su padre en otros años compraba los juglares y los artistas
caídos por estas costas con los navegantes comunes que venían de remotos
lugares, aunque le cuesta ahora en medio del infierno lo hace porque le gusta
emborracharse siguiendo la magia de un par de prestidigitadores contratados por
buena paga como dos veces la paga de los soldados comunes, titiriteros
histriones que van con los restos lo que queda del glorioso ejército paraguayo
en Cerro Corá después de Lomas Valentinas después de Azcurra y después de Piribebuy
porque se le ocurrió y se le dio la gana y si a él se le da la gana manda la
orden y ya está después de la muerte de cientos de niños paraguayos que quedan
en el diezmado ejército, después de Costa Ñú.

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