Ramona Martínez con apenas veinte
años se puso loca, lloró se quejó como se quejan las plañideras en grupos pero
ella en soledades, cuando le vinieron con la noticia de que su marido fue uno
de los cien paraguayos heroicos que murieron para hacer retroceder a cuatro mil
cobardes brasileños uruguayos y aldeanos que
no pisaron las costas de la patria en Curupaytí, a ella justo a ella
tenían que hacerle esto a ella los vecinos correntinos que la conocían de
cuando iba promesando a la virgencita de Itatí varios días varias leguas con
otros peregrinos hermanos iguales que vinieron, después de todo le quitaron el
macho justo al compañero de los últimos cinco años casi el padre o los hermanos
que la guerra le fue quitando, cuando más lo necesita para tener las crías con
las que soñó desde niña, así que después de los funerales y de calzarse un luto
en el vestido y una bincha que siempre cruzó desde entonces su frente, se fue
detrás de las vanguardias siguiéndolas de cerca de la distancia para no
perderlas para no perder ni un centímetro de oportunidades con su espada en la mano
degollando enemigos partiéndolos por el medio, en vigilias que le hicieron
perder la memoria el sentido de una vida solitaria, la espada del difunto en
mano matando matreros y guachos invasores a nombre del imperio del mariscal
Solano López y de la mariscala doña Elisa, ella estuvo en Villa Rica y en Caá
Pucú donde se cruzó con las cautivas condenadas a éxodos circulares en las
entrañas del infierno de los combates, de los combates que se hacen largos e
interminables.

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