No de casualidad Basilia anduvo y
estuvo ese día de enero del último año de esa guerra que no fue ni primera ni
la última deambulando perdida por las calles de Asunción con las cuatro guaguas
que le quedaron de las seis que tenía antes que los leales al mariscal pensaran
en los niños como soldados en una guerra de caprichosos y angurrientos, no de
casualidad anduvo, como esos días que anduvo en los frentes de batallas
ensangrentada y puñal en mano asesinando enemigos que se le pusieron en el
frente mientras ella buscaba sus niños, mendigando como todos los días desde
que volvió de los infiernos en los que estuvo intentando que ninguna bayoneta
ningún fusil hiriera a sus dos varones mayores, allá había dejado a los menores
y acá entonces fue testigo de una aciaga jornada, de los ruidos enceguecedores
y apagados de los treinta mil milicianos del Marqués de Caixas entrando victoriosos
y saqueando como si fueran los hunos con Atila, todo lo que encontraron muy
especialmente en las casonas de las familias patricias resguardadas en rincones
exóticos para evitar las matanzas de niños y mujeres al menos de los
devastadores que ese día se fueron apropiando de todos no solamente de los
muebles sino también de las mujeres de los niños y de los viejos, ahí nomás y
no muy lejos con las tropas de la celebérrima aldea de Mitre y de Sarmiento
haciendo de las suyas en la iglesia de la trinidad habilitada en una parte como
mingitorio para las meadas las escupidas y las cagadas de una tropa numerosas y
más inmunda que los animales que trae en su caballería, no de casualidad anduvo
Basilia en ese día deambulando mendigando sus mendrugos a los falsos amanuenses
y tesoreros que acompañaron la entrada de las fuerzas de la alianza a la ciudad
de los humedales, unos contabilizaron los saqueos los otros los refrendaron en
actas simples papeles que firman los fantasmas de siempre, esos que pueblan las
guerras entre tipos cimarrones de pueblos hermanos, tipos ariscos y salvajes.

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