Camposantos permitidos en
trincheras abandonadas para amontonar cadáveres a razón de media docena por día
óvalos de pastizales cercanos quemados también para quemar cadáveres a razón de
unos cuantos por día, olores pestilentes hileras de mierda de líquido blanco
aguachento en cada centímetro de las huellas abiertas para llegar a los pozos
ciegos habilitados en la campaña para los soldados de un lado o del otro carpas
para atender de urgencia a los enfermos con vómitos incontenidos tres por
cuatro leguas más o menos desde la desembocadura del rio hasta Humaitá, mucho
tiempo estuvieron en ese cuadrilátero resistiendo la invasión de más de
cincuenta mil hombres de la triple alianza los paraguayos hasta que comenzaron
las deposiciones, como al año del primer desembarco de los brasileños que unas
veces invaden y otras se tienen que aguantar ser invadidos como esos
traicioneros de la aldea que van en la retaguardia siempre en la retaguardia
que es el lugar en el que quedan los cobardes, los soldados unos tras otros
comenzaron a cagar a infectarse mutuamente con sus heces más o menos
contaminadas armas más mortales que las propias de la artillería o de la
caballería de los caballos diezmados por el hambre, aunque en eso funcionó como
en los combates las cantidades de milicianos voluntarios e involuntarios, y los
oficiales de los bandos desbordados en habilidades para las guerras, en guerras
largas donde hay novedades como esta y el cólera puede hacer lo que no hacen
las armas ni las indicaciones de estrategias o las tácticas, cuando al tata
dios se le ocurre llegan las plagas y las enfermedades y se acaban las
ambiciones de los hombres, de hombres como el mariscal Francisco Solano López, como
Mitre o como los oficiales de Pedro segundo.

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