Tiyutí, Curupaytí, Piquisiry son
como estaciones del vía crucis para Basilia y las demás mujeres que van detrás
de los hombres no por ellos mismos, son más eso que batallas de la misma guerra
de mierda que se va yendo con los años que pasan sin que se resuelva, no son
épocas de andar persiguiéndolos como cuando fueron más jóvenes, sino porque se
llevan a los niños de cualquier edad con tal que llenen espacios en los
espacios cada vez más vacíos de los combates en los frentes de la larga y ancha
frontera paraguaya, un vía crucis sembrado de cadáveres y calaveras que se
pisan mientras caminan siguiendo a las fuerzas del ejército del mariscal que no
van para ningún lado solo andan resistiendo, un vía crucis que se ilumina y se
ensombrece en cada momento con las luces intermitentes de los bombardeos de los
aliados, que son cientos que son miles que se meten por todos lados a pesar de
las deserciones que tienen porque hay muy pocos que quieren pelear cuando caen
en la cuenta que están peleando entre hermanos, en el calvario sembrado de
errores y sangre como aquel por el que caminó el señor, pero ella y las otras
mujeres en medio de los destellos de las explosiones de esas moles de plomo que
cruzan el cielos de un lado a otro en los lugares de cada escaramuza donde
ellas van detrás de sus niños apropiados por el ejército asustados y tentados
por un plato de comida esa es la guerra del brigadier, un largo reguero de lamentos
de lamentaciones de la pasión repetida una y otra vez de los hombres que no
entienden que matarse por tierra y matar a los niños, es confirmar al demonio.

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