Allá se habrá ido trepando sin
que nadie lo viera en un descuido de todos los que lo andan por detrás de él
cuidando desde que lo trajeron de sus tolderías, peldaño por peldaño como sube
las escaleras todos los días tiene sus achaques porque no le aflojó a andar
cabalgando siempre sin protecciones en los tiempos en que armaba malones, despacito
y a primera hora de la madrugada porque el drama fue como a las ocho de la
mañana cuando los únicos que caminan por adentro son los del personal y los que
viven en el lugar como residentes, en un descuido de la media docena de
empleados que contrataron para cuidarlo porque es toda un reliquia que un jefe
toba de su talla esté en cautiverio convertido al cristianismo y con toda su
chusma sometida, pura vergüenza propia allá se habrá ido trepando cabizbajo y
triste de andar fallando a sus gente él se fijó siempre en estas cosas, se
habrán dormido los otros como se duermen en los laureles y en sueños profundos los
empleados que cobran sus salarios del tesoro público, esos dormidos que duermen
todo el tiempo porque tienen la vaca atada que cuando buscan que los contraten claman
por cualquier cosa y no levantan sus culos de las sillas cuando ya están
contratados, hay que tener cojones para hacer lo que hizo ese triste del
cacique de Nicolás de cambiar el ojo del huracán del viento dentro del cual
soñó toda su vida morir peleando con los demonios para ganarse el cielo junto a
sus dioses, por lanzarse a ese otro ojo de tormenta en ese otro torbellino inmóvil
armado de piedra y adobe revestido con cerámica traído en los barcos de las
explotaciones de Valencia de color rojo con dibujos arabescos en amarillos y
violetas que lo impresionaron desde el mismo momento que lo confirmaron en ese
monstruoso edificio del museo de ciencias naturales en la aldea, más de una vez
lo ayudaron a levantarse porque se sentaban como se sienta los indios a pasar
la palma de sus manos encallecidas sobre la tersura de esa baldosas caras, hay
que tener cojones para mandarse desde allá a volar como si fuera un pájaro sin
alas desafiando las gravedades posibles en esos espacios reducidos de los
palieres por cada uno de los cinco pisos que hay en ese edificio, allá lejos
arriba parado en la baranda de madera lustrada donde gritó sus últimas adoraciones
a dioses que nadie vio ni vería seguramente porque pasó sus últimos días
rodeado de franciscanos que le hablaron de otro dios más poderosos que todos
sus propios dioses, le cuenta el perito Moreno al zorro el más sanguinarios de
los presidentes que hubo.

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