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Sunday, December 02, 2012

Reacciones en cadena.

El día que llegaron esos últimos inquilinos del último departamento que quedaba en ese último reducto de ese último edificio ubicado en el último codo de la esquina de la última cuadra antes de la próxima cuadra, nadie se dio cuenta, eran una parejita de tortolitos que bajaron no más de una veintena de trastos desde una chevrolet modelo mil novecientos sesenta y cinco desvencijada y fuera de su eje lo que hacía de su marcha motor ve ocho una marcha regular con su chasis torcido y desplegado a lo largo de una línea de treinta grados tomando la perpendicular de la calzada, conducida por un chofer que además de eso ofició de mudancero probablemente por unos mangos extra ya que los enamorados ayudaron diligentes para no pasarse de la raya de un par de horas que les dieron como horario de carga y descarga ese treinta y uno último día del último año de dos mil once, instalados que estuvieron, comenzaron con sus rutinas también de lo que nadie se dio cuenta, todo fue OK hasta la medianoche en que la primera vecina del primer departamento contiguo de todos los departamentos del primero de los pisos del primer bloc de la media docena de los blocs del complejo, sintió los primeros grititos de ella de esos grititos mezcla de dolores primos y de placeres de primera instancia de primeras mojaduras de últimas humedades que arrancaban en promedio a esa hora y no se interrumpían para nada como hasta las seis de la mañana, un matraqueo tras otro un uca uca imparable increíble alucinante, se la escuchaba clarito por lo menos y después del primero en los departamentos contiguos y así en los otros departamentos y en las noches de mayores silencios urbanos en el primero y en el último de los blocs de todos los blocs del complejo, se la escuchaba perfectamente quejarse al rato pedir de más que se la pongan que por aquí que por allá que la puntita que se la saquen un ratito que se la vuelvan a poner de más, todo en medio de jadeos que erizaban la piel de gallina interrumpían sueños y veladas, pesadillas o dulces sueños, al cabo del mes lejos de cesar esas voluptuosidades empezaron los primeros gritos de él grititos últimos también mezclados en las horas de madrugadas con solicitudes libidinosas de poses gritos apremiantes de apremios de apremiado y otros menesteres aparentemente de imposible cumplimiento, pero que no menoscababan para nada ni los sonidos primeros luctuosos de él ni los sensualismos imaginados de ella al último ni los de él ni las fricciones que parecía que ella vivía con una intensidad parecida a la de él que daba y pedía, todo el tiempo sin interrupciones, el día que llegaron nadie se dio cuenta pero como a los tres meses eran la comidilla de los vecinos residentes y también de los no residentes que comenzaron a venir de visitas algunos para escucharlos después de unas pizzas y un par de birras que servían para el aguante, fueron tantos los revuelos que los vecinos más viejos y conspicuos anduvieron entretejiendo chismes y comentarios hasta que inmediatamente pidieron una reunión de consorcios, con todas las prescripciones que marca la ley para las comunicaciones la tolerancia para la voz y para el voto, las actas marcadas por los estatutos para los derechos y los deberes de los consorcistas, en la primera reunión hubo asistencia completa con la excepción de los dos miembros de la parejita de los líos y de los ruidos, que ante la parsimonia disimulada de los consorcistas terminaron brindando su espectáculo diario de sonidos de delirios de calenturas de orgasmos de nuevas calenturas mientras por lo que se escuchaba apagaban los últimos fuegos encendidos después de las doce de la noche, y así estuvieron como a propósito, hasta las seis de la mañana de esa primera reunión de todas las primeras reuniones de los primeros días de los meses del año realizada con carácter de extraordinaria para ver cómo se les diría y qué a este par de sonoros amantes, temas que no se pudieron tratar en reuniones ordinarias que son más para la cuestiones de las expensas para pintar espacios comunes o contratar un jardinero, en la segunda reunión realizada el día dos del segundo mes de la segunda oportunidad que les dieron, la concurrencia fue la mitad y a la hora de la votación se borraron todos diciendo que no podían meterse con las cuestiones privadas de la gente y que solo cabía esperar dejar pasar los tiempos de celos para que ellos dejaran de aullar como los gatitos en cada una de las desfloraciones que los tortolitos encaraban, después pero mucho después de muchas reuniones que fueron dejando de ser las primeras para ser las últimas reuniones que se hicieron se supo que la falta de quórum progresiva que pasó del cincuenta al treinta por ciento y volvió al sesenta por ciento, fue el botón de la muestra del fracaso de las reuniones de consorcistas especialmente de las últimas de los últimos intentos hechos para ver cómo se les decía a los tortolitos de las últimas veces que inventaron reuniones los que las fueron inventando, que al final terminaron siendo dos abuelos del séptimo piso que renegaron más por lo que les llegó de chismes que por lo que escucharon ya que se trataba de ancianos sordos, antes mucho antes que los vecinos fueron dejando de venir, el vecino masturbador solitario que comenzaba con ellos todas las noches y no paraba hasta que esos dos paraban en esos lances sin otras participaciones que los sonidos que le llegaban nítidos y se filtraban por las paredes y los ayudaban en sus celebraciones solitarias y manuales después de las cuales se dormía como se dormía, el ingeniero del quinto que con el mismo pretexto de los grititos de ella especialmente agarraba furioso a su muñeca inflable que se compró en el sexshop de la esquina con tarjeta en tres pagos, siguiendo horas de horas mientras los otros viajaban, además de un par de maricas del tercero y unas lesbianas del cuarto piso, todos esos consorcistas estaban encantados y entonces nunca más volvieron a las reuniones.

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