Gritos y miradas.Había hambre en cada uno de ellos como si el hambre abarcara cada rincón de la casa vacía de muebles y adornos en el lote de Prediliana donde pasó muchos años la mitad del año porque la otra mitad la pasaba yendo de un lado para otro y con los padres de sus padres así que eran un montón de gente buscando a esos progenitores que tenían un rancho en el que más se juntaban en el pueblito remoto de la quiaca, el negro tomó conciencia de eso apenas tuvo seis años porque la forma de saberlo era una forma que no se controlaba por capricho al hambre la única forma de calmarlo era con un pedazo de pan o alguna otra cosa sólida, cuando las tripas sonaban, las de él las de sus hermanos o de los que anduvieran por la casa, sonaban fuerte en chirridos que retumbaban por los pocos ambientes que había, ruidos del hambre jodían sus hermanos mayores cumbias que se podrían tocar como si las panzas fueran instrumentos, ecos que primero lo asustaron pero después lo curtieron como se curten los que tienen urgencias que no se pasan para el día siguiente, estridencias o chillidos que se escuchaban en esa casa que era en realidad un rancho de troncos y paja, había mucho hambre así que cuando abandonó por tercera vez la escuela en cuarto grado y con doce años nadie se lo reclamó, para todos y para él mismo era más importante lo que hiciera para buscar comida, pero al negro nunca le gustó laburar así es que fue descubriendo las ventajas del discurso de las palabras que interesaban a otros como si se quedaran transportados embelesados por lo que les pudiera decir aunque dijera boludeces así es que fue contando para él las ventajas de verbo y descubrió que eso tranquilamente le significaba mejores resultados si lo acompañaba con los gritos que podía pegar y las miradas seguidas de silencio si veía que no había lugar para los gritos, así que con toda picardía aplicaba sus descubrimientos en las peleas callejeras y en los partidos de fútbol, gritando cualquier pelotudez o fijando su mirada en la de otros o en los boludos que la bajaban, hasta el mismo día en que todo eso le sirvió para que una veintena de coyas lo apoyaran cuando reclamó diez minutos más del tiempo del jornal para el almuerzo para que los cosecheros pudieran mojarse la cabeza en la manguera del tanque que en el pañol los de la empresa debían tener durante todo el tiempo del turno en el surco, con cuatro gritos fuertes sobrepasó al capataz y cuando el supervisor se presentó porque el otro lo llamo por la radio le dijo que entendiera que el pedido era justo mientras lo miraba fijo, así ganó la representación de esos obreros, la primera de una carrera que nunca abandonó.
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