Tordos y cuervos.Los tres hermanos se recibieron de abogados y trabajaron de abogados y a mucha honra coreaban en conjunto los domingos sentados a la mesa de ravioladas pantagruélicas, el curvo más grande que era el amigo del colorado se dedicaba a los negocios más turbios que en familia pescaban y eso incluía desde acuerdos con los patrones del ingenio para despedir a seiscientos tipos por la derecha como le dijeron cuando le dieron más de cinco millones de dólares y le dijeron que con la guita hiciera lo que quisiera pero que el problema de cada uno de esos seiscientos negros dejara de ser un problema de la empresa desde eso hasta transar con los que llegaban a la intendencia para sacar ordenanzas y comprar lotes fiscales por nada para levantar casuchas precarias y venderlas a precios de oro o para ligar contratos de prestación de servicios público como la basura o el cobro del impuesto inmobiliario, el tordo del medio que rápidamente fue nombrado juez de paz gracias a una tramuyola que hizo personalmente su hermanito experto en trapitos sucios y cuando el trabajo de juez de paz era entretenerse con el traspaso de bienes muebles e inmuebles de los paisanos que entraban en los remates, llantos tristezas para unos risas y jolgorios para otros, entretenerse porque además de los honorarios que le giraban de la provincia y que el cartero José le alcanzaba raudo apenas llegaban los giros, sacaba alguna tajada de los vecinos que lo querían porque siempre fue correcto y nada de violento así que le caía bien a todo el mundo, una heladera vieja y destartalada unas plantitas bargueños estilo de los sesenta juegos de cubierto incompletos siempre le decían que se quedara con algo a ese doctor que amortiguaba rencores y aires triunfalistas de la mayoría de incautos y estafadores con sus prudencias, y el tordo más chico que era un especie de gestor que se ocupaba de todos los mandados menores que por ser menores no dejaban de ser importantes casi haciendo de notario hasta que apareció la primera escribana en el pueblo, ahí andaba él metido en todas las minucias que hicieran falta, levantando actas redactando apercibimientos redactando telegramas de renuncias despidos, oscilando entre las legalidades e ilegalidades que generaban sus hermanos del alma, cuidaban con esmero los negocios que proponía aprobaba o rechazaba el turco Juan José que a la vez regenteaba el almacén de ramos generales con cuyas ganancias pagaban los costos los empleados y le había procurado estudio a sus tres inquietos vástagos, una oportunidad que ni siquiera él había tenido ya que ni terminó el primario para ayudar con orgullo a su papá Juan y a José Moisés su tío que habían llegado con una mano adelante y mano atrás y que a fuerza de madrugar mucho y de esmerarse le habían quitado mercado a los gallegos de El Hogar Feliz que buena fortuna ya habían amasado cuando ellos llegaron a principios del siglo veinte.
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