Cuero duro
No era su cara era su cuero el que estaba duro o el que se había puesto duro en el doble par de años que pasaron de los quince, de esos quince en los que no hubo ni vals ni vestidos ni zapatos de cenicienta, ella se lo veía venir puta antes que caradura ya sabía bien lo que andaban buscando ellos, chicos o grandes, gordos o flacos aquello que quedaba en medio de sus piernas, corruptos antes que íntegros aunque no tuviera las palabras para calificarlos y si las tuviera como quisiera para decirles que eran unos presuntuosos que terminaban antes que ella empezara, eran todos iguales, negros o payos altos o bajos andaban detrás de eso, refunfuñaba solitaria en los resabios de esos quince en los que no hubo todo lo demás, bailes valses elecciones infantiles de una virgen caliente eligiendo a su príncipe, algo de todo eso que cuentan las niñas o amigas normales las que van a la escuela la que tienen un respiro para poder ocuparse de ellas mismas, se acordaba al detalle de esos quince en los que sí es como que hubo un festejo burdo, ajeno, unívoco, un abuso más de los interminables abusos de su padrastro obligándola a que se la chupe como si eso fuera un magnífico premio porque se madre estaba enferma y entonces no podía hacérselo, el mejor regalo de los quince la frase fue parte del discurso preliminar del día que vino con el premio de un embarazo sorpresivo, había que estar en el cuero de ella, que sin imaginar que hubiera alguien que pudiera tirarle la primera piedra, ajena a todos los que las tiran cuando acusan a los demás sin fijarse en ellos mismos, que sin imaginar que precisamente no estaba rodeada de ángeles en el infierno que vivía, andaba por ahí deambulando y prostituyéndose, cosa que en otra circunstancia hubiera sido igual tal vez, eso de andar sacudiéndose le gustaba, lo que no le gustaba es que eso fuera inevitable y que no pudiera decir que no que se cansaba, su madre postrada por vaya a saber cuántas fiebres le vendrían con la sífilis que le estaba descascarando la cara, y su niña pequeña sin alimento ni padre ni tipo ni persona como el padrino o la madrina preocupados porque los tuviera, aunque fueran los mínimos el pan nuestro de cada día porque no era cuestión tampoco de andar desubicada y pidiendo de más a cambio de todo lo que se entregaba que en cada caso se iba un pedazo de la vida empapada de saliva de sudor y de otras secreciones, había que estar en el cuero de ella yendo y viniendo entre la decencia y la indecencia sin saber tampoco lo que eran, entre la integridad de andar entera pero primero con la panza llena antes que corrompida por no tener ninguna forma de saciar la hambruna, lastimaban con comentarios que salían de sus filosas lenguas los que andaban sacándole el cuero.

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