Discurso de las calenturas tempranas.
Como una jauría de perros detrás de una perra en celo andaban por esos días, todos juntos sin separarse sin hablar demasiado buscando lo mismo, con el que te dije parado con la cola entre las piernas y con las orejas paradas como el que te dije.
Perros en celo para una sola perra en celo, acechando deambulando circularmente aunque a veces anduvieran distancias, en plural nunca en singular andaban los muchachos detrás de su primera experiencia.
Los más grandes alardeaban haciendo que sabían y los más chicos les creían.
Contaban de extraordinarias experiencias con mujeres de mala vida, en barrios bajos de ciudades importantes como pintadas en medio de la montaña y las quebradas, como oleadas de óleo deslindado caseríos, paisajes, y voluptuosas mujeres que según ellos pagaban para tener sexo en tugurios oscuros, alumbrados por braseros que además daban calor en los inviernos, mentían porque si era así pagando otros contaban que eran ellos los que pagaban.
Pero los más niños les creían, a pie juntillas.
Hasta que llegó el flaco Rolando con la noticia, pregón de buenas nuevas, aprendiz de cafisho buscando su reconocimiento entre los presumidos y los mayores, exagerados y mentirosos.
Una noticia que corrió como reguero de pólvora entre todos los de la barra, de boca en boca en ese grupo de curiosos que entonces fueron, desde el Toto hasta el último niño que vino, un tal Jorge, hijo de un mecánico porteño que los patrones habían contratado como a otros para trabajar en la nueva la fábrica de papel que se hacía con el desecho de la caña con la que se hacía el azúcar con cuyos desechos también hacían el alcohol, repetían lo que les escuchaban repetir a sus padres.
Rolando dijo que había hablado con la Tota y que ella consentía con mostrarles lo que los chicos querían ver, nadie mencionaba qué ni el detalle de ese exclusivo listado no escrito de cosas que corrían por sus imaginaciones, pero todos se miraban sin saber muy bien si pensaban lo mismo.
Unos contaban fantasías otros sentían los calores, todos andaban ansiosos y curiosos.
Rolando trajo una promesa en nombre de ella, además de mostrar lo que le pidieran ver también los dejaría tocar, con una condición, uno por uno debían entrar cuando ella abriera la puerta que daba al pasillo que llevaba directamente a la habitación de servicio, uno por uno le dijo y en silencio, no fuera cosa que la delataran despertando al patrón de la casa donde cuidaba a cuatro niños.
Así que, miedosos y cautelosos como fueron partieron con las primeras horas de la noche esperando el turno para entrar con la Tota.
Cuando el Toto entró se le salía el corazón por la boca, y sentado al borde de la cama le pudo tocar un poco las piernas en el borde de sus vestidos y le tocó un pecho sin saber cómo seguía.
Para darle confianza la Tota le dijo que no tuviera miedo, él no le contestó, pero ella reteniendo la mano del niño y la propia en el borde de su braga le dijo que no lo tuviera, que seguro que su patrón no se despertaba porque no estaba durmiendo, que estaría despierto haciendo con su mujer lo mismo que ellos hacían, así que no sintiera miedo.

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