Cuerpo y espíritu del viejo Liborio.
El día que descubrió que su nueva ñaña era que se le había terminado de caer el párpado del ojo izquierdo se sintió de mal humor y directamente decidió no hacer su ronda de rutina que invariablemente terminaba en esa mesa que tenía reservada en un rincón del mercado de abasto, justo al lado del puesto de su amigo Juan Sanfasón que, dueño de la carnicería contigua, le pasaba toda la información sobre la comida que podía elegir en el día, el puchero a la española del gallego renegón de Don Manuel que lo preparaba de maravillas con mucha tripa y chorizo colorado, el guiso de mondongo del puesto de turco Samar que de lejos lo regenteaba mientras apostaba en la quiniela, el guiso de lentejas de Singh el hindú venido a menos por malgastar en el juego su herencia, o las empanadas de doña María la gorda emblema del embudo, un piringundín con esa forma en la bajo donde la barriada se mezclaba bailando en las calles, mujer que trabajaba por cuenta y orden de don Moisés un judío que por cada peso que le entraba le daba 5 centavos a la gorda con cincuenta y cinco compraba las reposiciones y pagaba los alquileres y se guardaba como renta los cuarenta centavos que le restaban.
Se dio cuenta que su párpado estaba caído del todo porque no pudo volver a ver más con el ojo afectado, probó de estirarse el párpado con los dedos pensó que a lo mejor era la humedad del día, como si una molesta y finita persiana de carne hubiera caído para siempre en uno de esos dos faroles que cuidaba como oro cada minuto de cada hora de cada uno de los noventa y cinco años que llevaba andando en bicicleta por su ciudad y visitando esos lugares que ese día decidió que no fueran, como si estuviera seguro que esta novedad fuera una más de las novedades que van siendo para siempre.
Deambuló de un lado a otro de su pieza desconcertado, la cuestión del ojo no lo tomaba de sorpresa, venía desde hace unos años, algún músculo de los que él presentía que allá en su cara le servían para abrir los ojos venía fallando progresivamente cada día, pero hasta este día conservaba una visión aceptable para recorrer tranquilo con su bicicleta las veinte cuadras de la ciudad que le permitían mantener los contactos que le quedaban y darse los gustos que su jubilación de comisario le permitía, todos gastronómicos, o casi todos, porque en realidad Liborio también desfrutaba las sobremesas o las conversaciones previas a las comidas, que acompañaba con picadas y una jarra llena de vino con soda.
El día que descubrió que su nueva ñaña era que se le había terminado de caer el párpado del ojo izquierdo se sintió de mal humor y directamente decidió no hacer su ronda de rutina, caminó desorientado por horas, durmió algo de siesta para seguir caminando durante la tarde hasta las primeras horas de la noche cuando llegara el horario de dormir de nuevo, casi al tiempo del horario de las gallinas, no más de las siete de la tarde para despertarse no más de las cinco de la mañana, estuvo irritado a pesar de aceptar y de llevar con altura los años que calzaba, no se acostumbraba a aceptar las señales físicas de su cuerpo deteriorándose, esto era lo que le costaba, descubrir cada día que alguna parte de ese viejo modelo de esqueleto y de piel que portaba con todo los demás que llevaba invariablemente, iba perdiendo la lozanía que había tenido en algún tiempo.
La misma altanería que se conservaba, eso sí intacta como siempre en su espíritu, muy adentro suyo su mejor secreto, eso no se volvía decrépito, por eso más que refunfuñar ese día se durmió con una sonrisa pensando que de todas maneras con un ojo menos al otro día visitaría a sus amigo en el mercado.
Quizás por lo que se va viendo se vuelve uno viejo inseguro, y que lo que por lo no se ve no se hace decrépito si no se quiere, murmuró para dormirse hasta el otro día seguro como estaba de tener las ganas que ese día no tuvo.
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