La guerra sin mambrú – VII
Después de aquello dejé de verlo por varios años, pero siempre me llegaban noticias sobre su devenir tumultuoso, los infiernos y los cielos se transportan con uno, es decir, iba pasando la etapas que en promedio todos pasábamos de la misma manera, o de distintas formas probablemente pero en el fondo iguales, pero complemento de ellas para él, había siempre una historia sobre la guerra, su propia guerra de victorias y derrotas de avances y retrocesos, sobre le desborde y la impertinencia ajenos y sobre sus reacciones impetuosas a veces y contenidas para no llevar a mayores los escándalos.
Cuando terminaba la universidad uno de los amigos comunes del chirivín y mío, apareció con el cuento que con alegría habían comprobado, que el cabezón con los años, boludo grande, había aprendido a controlar su carácter sanguíneo, lo que le sirvió en principio para decidir que su porvenir no estaba ni en los claustros de las casas de altos estudios ni en suntuosos gabinetes de diagnósticos científicos, alto o bajos estudios contaron que embromaba pensando en algunos de nuestros vagos compañeros que después tuvieron sus títulos.
Así que había abandonado en la mitad la carrera de medicina que había empezado en una ciudad que llamaban el jardín de la república, ciudad en la que por esos años había mucha guerrilla y milicos, guerrilla a la que la gente le escapaba milicos a los que la gente agradecía, así que abandonó y se fue a trabajar en el restauran de sus familiares.
Y contaron que en eso las cosas le marcharon, guerrilleros milicos y la gente come, sin nadie cerca que lo cargara demasiado, porque era uno de los patrones y fuera de los de su familia los demás eran todos laburantes rasos.
De ahí en adelante me llamó la atención que nadie hablara sobre sus enfrentamientos conocidos con motivo de sus desproporciones, lo que para mí que lo quería significaba, o que él había aprendido a convivir con los demás y las maracas en su físico como cualquiera, o que las trincheras o los frentes de combate de las contiendas habían cambiado, y esto último me preocupaba.
Por eso en la primera oportunidad que lo tuve a mano cuando ya habíamos pasado los treinta le pregunté de frente y sin mayores preámbulos, un mediodía que nos cruzamos en su negocio, y él me contestó que su vida se hizo diferente cuando se casó con la musa de algunos de sus sueños, pícaro el varón de muchas percantas por lo menos en sus sueños, y que de la unión habían nacido unos retoños a los que calificó de inquietos y ututos.
Toda esa información me dejó tranquilo hasta cierto punto, porque en medio de los comentario que nos hicimos también me dijo, que tenía una amante que como los niños aquellos que lo cargaron en los años de internado, lo cargaba bastante con lo de su famosa cabeza, pero que en este caso él se aguantaba en función de las afanosas y cuidadosas atenciones que recibía de parte de ella.
Un indicio de su vieja guerra pensé, y una parte de la conversación que no ampliamos, yo por no pecar de exagerado y creo que él de seguro y de soberbio con todas esas vueltas en su vida.
Ahora lo sé, tenía el engreimiento de un oriental y la displicencia de un boliviano.
Hace poco, cuando estaba por apagar la vela de los cuarenta, que es cuando ya no se pone una vela por cada año sino una vela que los representa a todos, en una pequeña reunión de familia, vino alguien con las últimas noticias del cabezón.
Relatando con agitación, que había terminado mezclado en un lío de polleras con dos amantes fuera de la mujer, amante oficial de cualquiera, casi una tontera me apresuré a opinar, que se resuelve con unas cuantas conversaciones, y dinero me corrigieron con dinero se hacen coincidir las ponencias, opiné interrumpiendo al otro que compaginó su discurso y compungido terminó diciéndome que era tarde para propuestas, que era tarde para todo, porque Sánchez y Sánchez se había lanzado al vacío desde una terraza a treinta metros de altura.
Quedé tan impactado, que lo primero que se me ocurrió pensar fue en la guerra, esa guerra, su guerra la que él tuvo todo el tiempo, con niños y adultos, con varones y mujeres, la misma guerra que seguirá para cualquiera, sin él ahora mientras hay niños mal educados e impiadosos, jóvenes e insolentes, y mujeres querendonas y pérfidas.

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