Alférez montaraz capitán en los andes mariscal de los peruanos el cronopio, ese amanecer de mayo de mil ochocientos cuarenta y dos recordó cuando de niño, hijo de patricios bien criado siempre un patricio aunque estuviera quebrado, recordó cómo entonces le gustaba escuchar las historias de la guerra de las alcalabas, sentarse en rondas de mayores para escuchar de la escaramuza pueblerina que quedó en la memoria de todos por la imposición de ese odioso impuesto, nobles indignados como él patricios enojados los huarasinos hijos del imperio de Nazca, cómo le gustaba escuchar los comentarios de los vericuetos de una pelea que mucho después comprendió se armó porque los reyes impusieron esa contribución desde lejos para pagar otras guerras en otros lados también muy lejos, allende el océano. Ese amanecer no fue común, de un solo golpe recordó su infancia cómoda en un pedazo de cordillera con nevados blancos a la vera del pacífico, donde pasó los mejores momentos de su vida y aprendió de lealtades de soldado, de un solo golpe se acordó de su juventud puntillosa y soberbia asistiendo a nobles y virreyes en la Real Audiencia de Quito, de su madurez de duras guerras al lado del general argentino que recio andaba emancipando pueblos, recordó los retiros los desplantes los malos negocios las estafas de conocidos codiciosos, taciturno estuvo como si hubiera estado escrito en su destino que la aurora lo marcaría en esa lejana llegada y en esta súbita partida, y en la permanencia por el nombre quechua de su pueblo el waraq quyllur.
Ese amanecer de ese otoño fue distinto a todos los amaneceres que pasó, leal en otros tiempos en campañas disciplinado soldado de la libertad de los pueblos de América, los varones arreglan sus asuntos como varones caminó mascullando de un lado a otro, pasando las palmas de sus manos por la pana de su elegante traje de gala, como si con eso lo planchara o recuperara la refulgencia de un traje de tanto lustre, hijo de patricios hombre de bien patricio él aunque estuviera viejo y quebrado, alférez de artillería devenido en capitán por la asonada a los codiciosos ingleses, don Toribio de Luzuriaga Mariscal de la Orden del Sol de la República de Perú, esa madrugada tardía en su casa de La Dormida en el norte bonaerense, alba oscura y fresca recordó las glorias del pasado y la indiferencia de sus amigos más fantasmas que amigos, se sintió olvidado y viejo en días de luchas intestinas como la reciente batalla de San Cala y decidió pasar a la historia con un tiro en la cabeza.
En su escritorio quedó la fábula del águila el león y el loro de Domingo de Azcuénaga,
No hay duda en que sois
Por vuestros abuelos
De aves, y de brutos
Monarcas excelsos,
Pero, si tenéis
Tan perversos hechos,
Que el hurto y rapiña
Es vuestro elemento,
La grandeza vuestra,
Ni en chanzas la quiero,
Pues soy de dictamen
Por lo que penetro,
Que el lustre, y realce
De más alto precio
Es, el que uno adquiere
Por sí, siendo bueno.
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