Fueron el pueblo y el monte nada más un caserío tal vez de unos miles de personas y el monte pelado o el desmonte extendiéndose como un mar de cañaverales a los cuatro puntos cardinales, lugar donde fueron felices mintieron y también infelices creciendo entre cerros defendiendo sus verdades, ellos tristes o alegres y riendo o llorando o lloriqueando, fueron el pueblo y el monte donde lloraron cada vez que alguien lo disponía, las sirenas lo pitos los silbidos, ¿lloran las sirenas o solamente las personas esas personas que entonces fueron niños primeros adultos después y nadie sabe expresar la palabra para describir esos sonidos vivos como un conjunto de silbatos cuyos ruidos estremecen?, expandiéndose muy lejos al infinito cielo al casco visible del universo por encima de ese espacio de la fábrica con ese aire proveniente de algún lado descomprimiendo por las inmensas chimeneas del ingenio como si fueran la misma garganta del diablo la faringe de Dios que tose en ese vapor que salía no tenían ni idea entonces en cada navidad cada fin de año por cinco minutos silbidos agudos y graves como si fueran flautas de tonos diferentes anunciando la buena nueva o la llegada del nuevo año o la del viejo partiendo con el familiar hasta otra zafra, solo cinco minutos de esa especie de lamentos vacíos impersonales los tan tan de la campanas de la iglesia, fueron el pueblo y el monte nada más el primer escenario las tablas del teatro de las primeras conciencias de esos niños asustadizos que fueron los hermanos contreritas, cabroncitos jugando con sus juguetes viejos y nuevos de esos cabreritas esperando sus cacharros como cualquiera y contraritos los pequeños divertidos contreras contrariando las indicaciones contrariadas de padres enjutos contrarios y renegones cabreros cenceños por las obligaciones de grandes de los pedidos de esos pequeños con sus cartitas kilométricas reseñando sus pedidos a Santa Claus a san Nicolás o a quien fuera porque los cuentos de las viejas confundieron mientras se fueron esperando los lloriqueos de las sirenas de la fábrica ¿lloriquean las sirenas o fueron las imaginaciones de esos niños las entelequias los espejismos desafortunados o afortunados estremecimientos de niños caprichosos desobedientes en el coliseo de las primeras conciencias en esas noches calurosas del veinticuatro y del treintaiuno de diciembre, de la primera más que de la segunda porque cuando fuera el final de esa fiesta de sonidos graves y agudos saliendo de las impresionantes chimeneas fueron que se prendieron de nuevo las luces de la casa para iluminar los regalos que alguien desparramara a las apuradas al pié del árbol de navidad que se tuviera los presentes con carteles escritos con letra de carta redonda parecida a la de la mamá de ellos que no vieron más que los obsequio buscando el propio que fuera dejando como fuera el que venía cada fin de año de casa en casa ese gordo extranjero viniendo desde lejos desde el frío en un carruaje de renos que para los chicos fueron no más que caballos con cuernos, cinco minutos nada más las sirenas sonando y la piel de gallina del escalofrío por cinco minutos registrados en el frío bajando por las espaldas de la primera vez escuchando el sonido continuado de los agudos y el bup bup de los graves; fueron el pueblo y el monte nada más un caserío tal vez de unos cuantos miles más de personas quince años después y el monte pelado o el desmonte extendiéndose como un mar de cañaverales a los cuatro puntos cardinales más media docena de fábricas más con insumos que son desechos en unas que se aplican en las otras y así produciendo en cadena y en cadenas, lugar donde fueron infelices creciendo entre mentiras y convicciones de traiciones haciendo sociales los fines de semana cuando bailaron una y otra vez el viva la vida viva la vida viva la vida viva el amor y la mujeres que de este mundo son lo mejor, sin remedio perdiendo a los niños que fueron haciéndose cargo de los hombres que fueran de golpe de contradicciones que aparecieron indirectas pero que los involucraron de enjundias ajenos entre sindicatos infectados y patrones codiciosos, fueron el pueblo y el monte donde lloraron cada vez que alguien lo disponía, las sirenas lo pitos los silbidos, ¿lloran las sirenas o lloran los hombres por sus buenos o malos recuerdos de sonidos que bajan esa remembranzas?, expandiéndose muy lejos al infinito cielo desde el espacio de las fábricas con ese aire proveniente de algún lado descomprimiendo por las inmensas chimeneas del ingenio de las otras fábricas con calderas que no son más que ollas gigantes de cocinas gigantes de productos que luego se colocan en mercados gigantes y dejan ganancias gigantes, chimeneas que aunque verticales se imaginaron profundas como si fueran la misma garganta del diablo o la laringe de Dios con carraspera vapor que supieron venía de donde se hiciera el azúcar en termos con inyectores que se fueron apagando en cada navidad cada fin de año por unos meses de receso silbidos agudos y graves como si fueran flautas de tonos diferentes anunciando la buena nueva la mala nueva o el vuelo del dinerito que se reparte a todos de empleados y obreros desagradecidos traicionando a la empresa en épocas de una versión de otras de ese nacimiento de todos los años del niño de Belén o la llegada del nuevo año o la del viejo partiendo con el familiar hasta otra zafra como parten los obreros y los empleados, volviendo a sus pagos liquidados y despedidos indemnizados, fueron el pueblo y el monte nada más el primer escenario las tablas del teatro de las primeras redadas de trabajadores que se hicieron informando a los gendarmes colaborando con las listas negras para despejar de zurditos las fábricas y el campo en el coliseo de las primeras conciencias en esas noches calurosas de incursiones violentas levantando gentes a carradas para llevarlas en la oscuridad de las noches de apagones, gentíos negociando como cualquiera por dinero y poder acusados de subversivos del veinticuatro y del treintaiuno de diciembre, de la primera más que de la segunda porque en el final de esa fiesta de sonidos graves y agudos andando en el cielo o en el infierno de esos cielos con las corrientes del poco aire devolviendo el oxígenos se prendieron las luces del pueblo para iluminar las esperanzas que sin saber que antes en la oscuridad inmediata se fueron perdiendo como las personas entregadas poco a poco, los hermanos cabreritas cabreros los contreritas de hacer las contras, contraritos los pequeños empresarios bendecidos por los otros empresarios los patroncitos mayores como lo fuera carrizito el que por propinas fue vendiendo al familiar lo que le quedó del alma porque si es por el otro a él no se le vende nada poeta de las indicaciones chismoso él como los otros ya en su papel de súbditos súbitos de una realeza inventada de patrones de otros lugares de jueces serviles y temerosos y corruptos convertidos todos en padres buenos o malos enjutos y renegones cenceños de obligaciones de grandes cuando no se puede ser bueno porque todos son malos porque por la plata baila el mono todos los monos hasta los monos comunistas de los pedidos de esos monstruos de los patrones monstruos como los otros los empleados vendidos y comprados gendarmes matones y policías con sus listitas kilométricas reseñando nombres apellidos y de documentos de identidades de los contras de esos zurdos infiltrados comunes niños también que fueron esperando sus regalos en navidades y en noches de reyes comunistas adoctrinados apenas imberbes y entrenados en ese otro monte el tucumano por guerrilleros traicioneros como niños que no volverán a serlo esperando el lloriqueo de las sirenas de la fábrica cada año para despejar de resentidos y díscolos ese año del apagón en ingenio, ¿lloriquean las sirenas de una fábrica o lloriquean los hombres cuando se arrastran por el dinero?, fueron el pueblo y el monte nada más un caserío tal vez de unos miles de personas y el monte pelado o el desmonte extendiéndose como un mar de cañaverales haci el sur y el norte, hacia oriente y occidente.
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Tuesday, January 04, 2011
temblores
Fueron el pueblo y el monte nada más un caserío tal vez de unos miles de personas y el monte pelado o el desmonte extendiéndose como un mar de cañaverales a los cuatro puntos cardinales, lugar donde fueron felices mintieron y también infelices creciendo entre cerros defendiendo sus verdades, ellos tristes o alegres y riendo o llorando o lloriqueando, fueron el pueblo y el monte donde lloraron cada vez que alguien lo disponía, las sirenas lo pitos los silbidos, ¿lloran las sirenas o solamente las personas esas personas que entonces fueron niños primeros adultos después y nadie sabe expresar la palabra para describir esos sonidos vivos como un conjunto de silbatos cuyos ruidos estremecen?, expandiéndose muy lejos al infinito cielo al casco visible del universo por encima de ese espacio de la fábrica con ese aire proveniente de algún lado descomprimiendo por las inmensas chimeneas del ingenio como si fueran la misma garganta del diablo la faringe de Dios que tose en ese vapor que salía no tenían ni idea entonces en cada navidad cada fin de año por cinco minutos silbidos agudos y graves como si fueran flautas de tonos diferentes anunciando la buena nueva o la llegada del nuevo año o la del viejo partiendo con el familiar hasta otra zafra, solo cinco minutos de esa especie de lamentos vacíos impersonales los tan tan de la campanas de la iglesia, fueron el pueblo y el monte nada más el primer escenario las tablas del teatro de las primeras conciencias de esos niños asustadizos que fueron los hermanos contreritas, cabroncitos jugando con sus juguetes viejos y nuevos de esos cabreritas esperando sus cacharros como cualquiera y contraritos los pequeños divertidos contreras contrariando las indicaciones contrariadas de padres enjutos contrarios y renegones cabreros cenceños por las obligaciones de grandes de los pedidos de esos pequeños con sus cartitas kilométricas reseñando sus pedidos a Santa Claus a san Nicolás o a quien fuera porque los cuentos de las viejas confundieron mientras se fueron esperando los lloriqueos de las sirenas de la fábrica ¿lloriquean las sirenas o fueron las imaginaciones de esos niños las entelequias los espejismos desafortunados o afortunados estremecimientos de niños caprichosos desobedientes en el coliseo de las primeras conciencias en esas noches calurosas del veinticuatro y del treintaiuno de diciembre, de la primera más que de la segunda porque cuando fuera el final de esa fiesta de sonidos graves y agudos saliendo de las impresionantes chimeneas fueron que se prendieron de nuevo las luces de la casa para iluminar los regalos que alguien desparramara a las apuradas al pié del árbol de navidad que se tuviera los presentes con carteles escritos con letra de carta redonda parecida a la de la mamá de ellos que no vieron más que los obsequio buscando el propio que fuera dejando como fuera el que venía cada fin de año de casa en casa ese gordo extranjero viniendo desde lejos desde el frío en un carruaje de renos que para los chicos fueron no más que caballos con cuernos, cinco minutos nada más las sirenas sonando y la piel de gallina del escalofrío por cinco minutos registrados en el frío bajando por las espaldas de la primera vez escuchando el sonido continuado de los agudos y el bup bup de los graves; fueron el pueblo y el monte nada más un caserío tal vez de unos cuantos miles más de personas quince años después y el monte pelado o el desmonte extendiéndose como un mar de cañaverales a los cuatro puntos cardinales más media docena de fábricas más con insumos que son desechos en unas que se aplican en las otras y así produciendo en cadena y en cadenas, lugar donde fueron infelices creciendo entre mentiras y convicciones de traiciones haciendo sociales los fines de semana cuando bailaron una y otra vez el viva la vida viva la vida viva la vida viva el amor y la mujeres que de este mundo son lo mejor, sin remedio perdiendo a los niños que fueron haciéndose cargo de los hombres que fueran de golpe de contradicciones que aparecieron indirectas pero que los involucraron de enjundias ajenos entre sindicatos infectados y patrones codiciosos, fueron el pueblo y el monte donde lloraron cada vez que alguien lo disponía, las sirenas lo pitos los silbidos, ¿lloran las sirenas o lloran los hombres por sus buenos o malos recuerdos de sonidos que bajan esa remembranzas?, expandiéndose muy lejos al infinito cielo desde el espacio de las fábricas con ese aire proveniente de algún lado descomprimiendo por las inmensas chimeneas del ingenio de las otras fábricas con calderas que no son más que ollas gigantes de cocinas gigantes de productos que luego se colocan en mercados gigantes y dejan ganancias gigantes, chimeneas que aunque verticales se imaginaron profundas como si fueran la misma garganta del diablo o la laringe de Dios con carraspera vapor que supieron venía de donde se hiciera el azúcar en termos con inyectores que se fueron apagando en cada navidad cada fin de año por unos meses de receso silbidos agudos y graves como si fueran flautas de tonos diferentes anunciando la buena nueva la mala nueva o el vuelo del dinerito que se reparte a todos de empleados y obreros desagradecidos traicionando a la empresa en épocas de una versión de otras de ese nacimiento de todos los años del niño de Belén o la llegada del nuevo año o la del viejo partiendo con el familiar hasta otra zafra como parten los obreros y los empleados, volviendo a sus pagos liquidados y despedidos indemnizados, fueron el pueblo y el monte nada más el primer escenario las tablas del teatro de las primeras redadas de trabajadores que se hicieron informando a los gendarmes colaborando con las listas negras para despejar de zurditos las fábricas y el campo en el coliseo de las primeras conciencias en esas noches calurosas de incursiones violentas levantando gentes a carradas para llevarlas en la oscuridad de las noches de apagones, gentíos negociando como cualquiera por dinero y poder acusados de subversivos del veinticuatro y del treintaiuno de diciembre, de la primera más que de la segunda porque en el final de esa fiesta de sonidos graves y agudos andando en el cielo o en el infierno de esos cielos con las corrientes del poco aire devolviendo el oxígenos se prendieron las luces del pueblo para iluminar las esperanzas que sin saber que antes en la oscuridad inmediata se fueron perdiendo como las personas entregadas poco a poco, los hermanos cabreritas cabreros los contreritas de hacer las contras, contraritos los pequeños empresarios bendecidos por los otros empresarios los patroncitos mayores como lo fuera carrizito el que por propinas fue vendiendo al familiar lo que le quedó del alma porque si es por el otro a él no se le vende nada poeta de las indicaciones chismoso él como los otros ya en su papel de súbditos súbitos de una realeza inventada de patrones de otros lugares de jueces serviles y temerosos y corruptos convertidos todos en padres buenos o malos enjutos y renegones cenceños de obligaciones de grandes cuando no se puede ser bueno porque todos son malos porque por la plata baila el mono todos los monos hasta los monos comunistas de los pedidos de esos monstruos de los patrones monstruos como los otros los empleados vendidos y comprados gendarmes matones y policías con sus listitas kilométricas reseñando nombres apellidos y de documentos de identidades de los contras de esos zurdos infiltrados comunes niños también que fueron esperando sus regalos en navidades y en noches de reyes comunistas adoctrinados apenas imberbes y entrenados en ese otro monte el tucumano por guerrilleros traicioneros como niños que no volverán a serlo esperando el lloriqueo de las sirenas de la fábrica cada año para despejar de resentidos y díscolos ese año del apagón en ingenio, ¿lloriquean las sirenas de una fábrica o lloriquean los hombres cuando se arrastran por el dinero?, fueron el pueblo y el monte nada más un caserío tal vez de unos miles de personas y el monte pelado o el desmonte extendiéndose como un mar de cañaverales haci el sur y el norte, hacia oriente y occidente.
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