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Sunday, January 30, 2011

pagos o querencias de puro cronopios y de famas puros mutantes que de alegres se volvieron tristes muy pero muy tristes

Pagos de cronopios y famas mutantes que de alegres se volvieron tristes, el pueblo fue grande cuando nosotros fuimos chicos, pasamos horas recorriéndolo de una punta a la otra de un extremo al otro algún día creímos que circunvalándolo, era lo que más nos gustaba aunque por esos días no nos dimos cuenta fue un paralelogramo bastante irregular por lo que nosotros supimos entonces de la ciencia, sin cambios un día tras otro siempre comenzamos en una punta que para nosotros fue la rotonda adornada por un cantero, de flores silvestres marchitas de todos los colores y marchitadas de tanta basura que le tiraban los que pasaban, peatones ciclistas conductores de colectivos camiones o autos, gente decente y malandras que salían o entraban al pueblo, de ahí lentamente bajamos una y otra vez por la avenida de cuatro cuadras que empezaba en la rotonda y terminaba en un cachivachero del club atlético, por donde los domingos a las dos de la tarde en punto entraban los equipos con sus masajistas y utileros, ese recodo fue un vértice al que fuimos y volvimos muchas veces y mucho en esos años, a la derecha comenzaba el arroyo que desembocaba en la pantalla y a la izquierda otra avenida de cuatro cuadras llevaba al hospital del ingenio, en verano salimos siempre para la diestra allí fuimos a zambullirnos y a nadar como patos en el agua, y en los inviernos salimos a la siniestra y llegábamos hasta los barrios misteriosos como si fuera que entráramos a un circo, para ver al gordo chicho que pesaba como doscientos y a gume un jorobado que ni hablaba pero que era irritable y peleador y andaba con un palo, codos de la geografía allí nuevamente y por esa zona había como dos ángulos, por el camino que marcaba el obtuso se llegaba a florencia el lote más vistoso de todos los lotes por ese entonces, allí fuimos un carnaval tras otro a mirar los bailes que más que bailes eran una justificación para estar en grupo y tocarse, y por el camino que marcaba el ángulo agudo empezaba otra avenida de cuatro cuadras la más importante del pueblo, que a propósito como si fuera un estandarte se llamaba libertad, en esa avenida estaban la iglesia el correo el mercado el almacén de ramos generales la antipalúdica el cine y el embudo que de todos fue por esos tiempos el segundo hogar de nuestros hogares otro de nuestros lugares, más allá el paralelogramo volvía a abrirse con formas caprichosas y volvía a cerrarse en docenas de rincones que disfrutamos cuando fuimos chicos, en esos rincones estaban las fábricas y los cañaverales. El pueblo fue chico cuando nosotros fuimos grandes, ya no dispusimos de horas para recorrerlo de una punta a la otra de un extremo al otro circunvalándolo, y el intendente dispuso y le hizo tres accesos más con tres picapedreros que hicieron de depósito en tránsito de tres veces más basura, así nos dimos cuenta que además de la forma del cuadrilátero otras cosas habían cambiado, que había más flores marchitas y marchitadas más humo en las fábricas más carbonilla más mugre, más gente decente triste y malandras más bien rateros entrando y saliendo del pueblo, que ya no dispusimos de muchas horas para andar esa primera avenida que quedó como corta y terminaba en el club atlético en donde algunos reemplazaron el cachivachero por entradas para socios no socios locales y visitantes, y en ese vértice que nos movimos poco algunas veces salimos a la diestra para la pantalla convertida en villa cariño o a la siniestra para el lado del hospital para que nos curen la gonorrea, en ese otro codo en que pasamos horas recorriéndolo nos percatamos que el gordo chicho se murió en el enésimo atracón y que a gume lo mataron unos parásitos en sus vasos linfáticos, y fuimos y vinimos una y otra vez por la avenida libertad menos libres de lo que entonces fuimos por allí donde estaban, la iglesia en la que entramos un poco menos, el correo que se fue quedando sin clientes y viejo, el mercado que desapareció, el almacén de ramos generales que lo instalaron donde se instalaron los coyas cuando por el éxodo desmontaron los lotes, la antipalúdica que se cerró porque se controló la malaria o la fiebre amarilla o el cólera cuando los que trabajaron allí fumigaron y curaron a la gente que ni sabía de qué se moría en los cuarenta del problemático y feliz, el cine que se cerró por disposición de los patrones del pueblo y el embudo que fue desmontado por los mismos motivos, más allá el paralelogramo volvía a abrirse con formas caprichosas y volvía a cerrarse en docenas de rincones que no disfrutamos cuando fuimos grandes trabajando en las fábricas o en los cañaverales, tristes y llorones tiesos en los rincones del alma.

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