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Monday, April 19, 2010

hogueras



Brujas que no son brujas. Al niño le temblaron las piernas más de lo que le temblaran habitualmente más de lo que le tiemblan cuando hace frío y su mamá lo manda a la escuela con pantalones cortos o se está por hacer la pis y falta mucho para que toquen la campana que indica el recreo. Sin que se hubiera dado cuenta antes la bruja que más le da miedo la que evita todas las veces que puede andando por las calles estaba quizás a poco más de un metro de él observándolo, pero bastaba esa distancia para que el niño se diera cuenta que se trataba de la fea señora más temida entre todas las señoras parecidas que caminaran entonces por el pueblo, una mujer que siempre subía y bajaba por el bulevar de los ceibos con flores rojas como la cresta del gallo, caminando despacio y encorvada con una bolsa de hule entre sus brazos que pasaba de vacía a llena cada vez que la vieja cambiaba la dirección en su cotidiano paseo. Al niño le temblaron las piernas porque de pronto lo que pasaba por su cabeza cada vez que la veía cada vez que la soñaba la mujer estaba de golpe frente a él como si la casualidad los hubiera puesto frente a frente como estaban, la mujer contaba solamente con un par de dientes uno arriba y otro debajo de su grande boca que se movía cada vez que hablaba que eran muchas porque se encontraba con otras brujas y otras personas en sus caminos, de las fosas de su nariz salían unos cuantos pelos largos negros y blancos sucios y desordenados, del mismo color y parecidos a los que salían de las orejas en una de las cuales un lunar muy grande parecía de lejos el borde de un aro o adorno marrón y rústico, unas manos grandes deformes y grandotas uñas largas dobladas y afiladas y unas piernas muy dobladas en arco unos pelos como bigotes y otros tantos como barba completaban un cuadro pavoroso para el niño que a esa altura tiritaba. Justo y más en el momento que sintió la caricia por su cara una larga caricia que se terminó con otra en el mentón y un gesto como despeinándolo luego de haberle acomodado la solapa del guardapolvo la mujer mirándolo no hizo más que eso. El niño que se quedó helado sintió un enternecimiento infinito, y la mujer también pero ella más que él porque ella como otras ancianas como otras brujas como otras que no lo son se enternece y llora como si se estuviera despidiendo de todo durante todo el tiempo.

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