es porqué a veces los seres humanos realizamos excelentes amalgamas de inteligencia mezclada con altas dosis de estupidez,
esto es lo que pienso mientras plasmo otros recuerdos legítimos sin olvidar que nunca un hombre debe renegar de lo que en otra dimensión acepta, con unos años encima uno ha visto a demasiado "progresista" para los demás a los que que quiere pobres mientras arma su doctrina y en algunos casos la de sus pares en confortables ciudades...
de todas formas y otra vez gracias eloy por lo que valió la pena
La separación entre la obra literaria y la periodística de un autor siempre es artificial, y más aún en el caso de Tomás Eloy Martínez, que hizo de las rimas y correspondencias entre ambos mundos (que son uno solo) el eje de su obra y la fuente de su encanto. En las líneas que siguen nos ocuparemos sólo de sus novelas, olvidando sus extraordinarios libros periodísticos. Al fin y al cabo eso es la novela: el arte de olvidar que existe otro modo de contar las cosas.
Su primera narración fue Sagrado (1969), que en su cuidadosa elaboración de los recuerdos, en su trabajo con el lenguaje, pertenecía menos a la tradición argentina que a la del barroco latinoamericano representado por Lezama Lima, cuyo juego consistía en hacer del pasado una penumbra hecha de palabras. Y sin embargo, aunque parezca más fiel a su época que al futuro de su autor, ciertos rasgos de la escritura experimental no lo abandonaron: el discurso indirecto libre, la profusión de imágenes en las que la imaginación de los personajes se confunde con la realidad, la irrupción de sueños, la exposición de los hechos en un orden no cronológico. TEM siempre miró a la distancia ese libro con ironía, aunque recordaba con mucho afecto las críticas elogiosas que Augusto Roa Bastos le había dedicado.
Sagrado fue un comienzo, pero los escritores no empiezan sólo una vez. Tuvo, muchos años más tarde, otra primera novela, La novela de Perón (1985). Entre un libro y otro habían pasado muchas cosas: la participación de TEM como un protagonista decisivo de la modernización del periodismo argentino a partir de fines de los años sesenta (fue editor de Primera Plana y de La Opinión Cultural ); la aparición, en tiempos violentos, de La pasión según Trelew (1974), crónica de la masacre de miembros del ERP; el urgente exilio. Y luego los años vividos en Venezuela y Estados Unidos y el regreso. La reedición argentina de Lugar común la muerte (volumen de crónicas publicado originalmente en Caracas en 1979) y La novela de Perón lo ubicaron de pronto en el centro de la literatura argentina. La novela apareció por entregas, como una separata, en El Periodista , la revista que editaba Andrés Cascioli. Después se convirtió en un libro de tapas azules de Legasa, que dirigía entonces ese gran editor que es Jorge Lafforgue.
El momento final de la dictadura y los primeros años de la democracia fueron momentos de un excepcional fervor cultural. Aparecían nuevos medios, como El Periodista , Página 12 o El Porteño . La revista Fierro , dirigida por Juan Sasturain, se ocupaba de ubicar la historieta en un lugar de importancia en la cultura argentina y rescatar la obra de Héctor Germán Oesterheld (y la de sus dibujantes, Solano López y Alberto Breccia) como algo esencial de nuestra narrativa. El cine reencontraba a sus espectadores y Adolfo Aristarain, Fernando Ayala, María Luisa Bemberg, Luis Puenzo, Fernando Solanas, Héctor Olivera y Eliseo Subiela llenaban las salas, con películas como El exilio de Gardel , La historia oficial , Hombre mirando al sudeste o Camila . La extraordinaria Maratón de Ricardo Monti, con puesta de Jaime Kogan, cuyo idioma cifrado ya resonaba en tiempos de pleno Proceso, se convertía en un clásico de nuestro teatro. Libros que habían circulado casi secretos, como Nadie nada nunca , de Juan José Saer, y Respiración artificial, de Ricardo Piglia, ganaban nuevos lectores. Las obras de Griselda Gambaro, con sus metáforas de la opresión, volvían a ser representadas. Los lectores, después de ignorar largo tiempo nuestra literatura, buscaban recuperar el tiempo y las páginas perdidas. La editorial Bruguera publicaba a Juan Martini, a Tomás Eloy Martínez, a Humberto Costantini, a Osvaldo Soriano, a Antonio Di Benedetto. El Centro Editor de América Latina, afectado durante la dictadura por una gigantesca quema de libros, volvía a acercar a los lectores la obra de Andrés Rivera, Héctor Tizón y Daniel Moyano.
En ese clima de reencuentro de la literatura argentina con sus lectores apareció La novela de Perón , donde el autor utilizaba su habilidad y experiencia como periodista para crear, a partir de la violenta jornada de Ezeiza, un cuadro sombrío de nuestra historia. Ya desde sus primeras páginas asombraba la figura de ese Perón cansado, casi espectral, que volvía a la Argentina menos por voluntad de poder que para cumplir con un destino que él mismo no terminaba de comprender. Todos actuaban en su nombre, pero él no sabía el nombre de nadie, y el autor lo mostraba estrechando manos desconocidas, como si habitara un dilatado malentendido. El autor elegía para retratar a Perón la historia de su regreso interrumpida por algunos fogonazos de su juventud: así, los momentos clave de su vida política sólo llegaban a modo de profecía o nebuloso recuerdo. Como en Lugar común la muerte , TEM elegía la cercanía del fin como instrumento para narrar la historia. El maestro de ceremonias de la pesadilla era López Rega, cuyo hermetismo banal aparecía retratado con todo detalle. Al fin y al cabo los oficiantes del ocultismo y los novelistas trabajan de manera similar, buscando en la casualidad conspiración, en los detalles destinos y en la proliferación informe de la realidad un diseño secreto.
La mano del amo (1991) sirvió como paréntesis entre las dos novelas dedicadas al peronismo. Era una historia intimista, el relato de un cantor de voz perfecta que se ve hostigado por su madre, por sus gatos infinitos y por una casa que parece estar viva. El protagonista, Camargo, se llama igual que el periodista de El vuelo de la reina , a quien además se atribuye una novela llamada La mano del amo . Es la descripción de un mundo familiar contada con extrañeza, hasta el límite mismo de lo fantástico. El mundo familiar nunca aparece retratado como lugar de felicidad sino de opresión; también en sus novelas "políticas" las casas que aparecen siempre son sombrías, asfixiantes, silenciosas, como si guardaran luto por alguien muerto largo tiempo atrás.
En 1989 TEM inicia, luego de una depresión (al menos es lo que cuenta en el epílogo del libro), Santa Evita (1995) que completa La novela de Perón . Allí se cuentan las increíbles peripecias del cuerpo de Evita como si se tratara de la historia de una maldición. Todas las historias de maldiciones egipcias, con sus jeroglíficos premonitorios, sus momias escondidas y sus arqueólogos fulminados por males imprevistos, son nada comparados con el halo de locura y muerte que siguió al recorrido de este cuerpo. Mientras que en La novela de Perón los elementos mágicos aparecían del lado del peronismo, en Santa Evita los servicios secretos de la Revolución Libertadora despliegan unas fuerzas sobrenaturales que no tienen nada que envidiar a sus rivales. Siempre ha habido una pasión de los servidores del Estado por el secreto, las maniobras nocturnas, los códigos cifrados; pero aquí esa pasión abandona su precaria racionalidad y entra de lleno en un mundo regido por fuerzas oscuras. El camino que va de un código secreto al tablero ouija es muy corto.
Tomás Eloy Martínez había entrevistado largamente al mismo Perón durante su exilio en Madrid y había tratado de hacerlo hablar de Evita; pero siempre López Rega interrumpía la conversación para conducirla hacia Isabel Martínez, su mentora. Fue sólo luego de varios intentos fallidos que el periodista logró escapar del alucinado advenedizo para tener un momento a solas con Perón.
En la galería de los personajes de la novela sobresalen el médico español Pedro Ara, pulcro embalsamador, Pigmalión entregado con devoción sin límites a la simulación de vida que hay en su obra, y el coronel Moori Koenig, guardián del cuerpo, enamorado despechado, detective de ataúdes perdidos. La entrevista con la viuda del coronel es una escena sombría e inolvidable:
Me recibió vestida de negro, entre muebles que parecían enfermos de gravedad. Las lámparas daban una luz tan tenue que las ventanas se desvanecían, como si sólo sirvieran para mirar hacia dentro. Buenos Aires vive así, entre penumbras y cenizas. Tendida a orillas de un río solitario, la ciudad le ha vuelto las espaldas al agua y prefiere irse derramando sobre el aturdimiento de la pampa, donde el paisaje se copia así mismo, interminablemente.
Pero la devoción no alcanza sólo a estos personajes, sino también al mismo Rodolfo Walsh, que contó su propia búsqueda del cuerpo en el relato "Esa mujer", uno de los cuentos más contundentes de la literatura argentina. Cuando TEM encuentra en París al escritor, Walsh saca de su billetera (allí donde se suelen guardar las fotos de la familia) una foto del cadáver, el amarillento y gastado talismán que lo acompaña siempre.
El Coronel -dijo-. Tenía más de cien. Había fotos de Evita en toda la casa. Algunas eran impresionantes. Se la veía suspendida en el aire, sobre una sábana de seda, o en una urna de cristal, entre un marco de flores. El coronel pasaba las tardes contemplándolas. Cuando lo visité, no tenía casi otra ocupación que estudiar las fotos con una lupa y emborracharse.
-Podrías haberla publicado -le dije-. Te habrían pagado lo que hubieras querido.
-No- replicó. Vi que una rápida sonrisa lo atravesaba, como una nube-. Esa mujer no es mía.
Santa Evita tuvo un éxito extraordinario, pero pasaron varios años antes de que volviera a publicar una novela. Entre un libro y otro hay una página bellísima, perfecta pero terriblemente dolorosa: la columna "En memoria de Susana Rotker" [ver página 18], sobre la muerte de su esposa en un accidente de tránsito en Estados Unidos ocurrido en noviembre de 2000. Periodista especializada en cine y crítica literaria, Tomás Eloy Martinez la había conocido en 1979, cuando él era director de El Diario de Caracas.
En 2002 El vuelo de la reina , una obra de ficción que nada debía al peronismo, ganó el premio Alfaguara. La historia estaba inspirada en un caso real ocurrido en Brasil. El 20 de agosto del año 2000, Antonio Marcos Pimenta Neves, de 63 años, asesinó a balazos a Sandra Gomide, una joven periodista con la que había mantenido una relación de tres años. Pimenta Neves era director de O Estado de São Paulo , el segundo diario del Brasil. El vuelo de la reina no oculta su base documental: en sus páginas Camargo, el protagonista, escribe una nota sobre el crimen, en el que ve una premonición sobre su propio destino (la nota que escribe Camargo es muy similar a la que el mismo Tomás Eloy Martínez escribió para LA NACION cuando se conoció el asesinato). Tomás Eloy Martínez y Pimenta Neves se habían conocido fugazmente, años antes del crimen, en un restaurante japonés de San Pablo, donde habían encontrado una coincidencia: los dos habían comenzado en el periodismo como críticos de cine. La noche del cazador, la única, maravillosa película que filmó el actor Charles Laughton, tiene un lugar fundamental en la trama.
El mundo del periodismo aparece con frecuencia en las novelas, en parte porque muchos escritores son también periodistas, en parte porque la labor del periodista es ideal como mecanismo narrativo. Menos común es el retrato del mundo de las oficinas inaccesibles donde se toman las decisiones editoriales. Camargo pertenece a ese mundo. Como todos los personajes poderosos de Tomás Eloy Martínez, él también vive en una especie de mundo silencioso, inaccesible:
Entró en su oficina fingiendo que no oía los saludos. Cuando él llegaba no permitía que lo molestaran durante media hora, por lo menos. Había leído en un libro del general De Gaulle, El filo de la espada , que los grandes hombres, sin salvedad alguna, tienen siempre la facultad de retirarse dentro de ellos mismos.
Atraviesa la novela una fascinación por las repeticiones, como si la realidad tuviera una regla secreta en la que todo sucede más de una vez de un modo oblicuo o escondido. La historia de Camargo repite la de Pimenta Neves, mientras que la víctima, Reina, está fascinada con una leyenda que atribuye a Jesús un hermano gemelo: Simón. Ése es el doble de Jesús, y, al igual que él, predica su mensaje y es considerado enemigo de Roma y crucificado: pero lo que en Jesús es inspiración divina, en Simón es magia o fraude.
Este interés lateral, casi susurrado, por la literatura fantástica reaparece en El cantor de tango (2004) y en Purgatorio (2008). La primera cuenta la búsqueda que emprende un becario norteamericano de un mítico cantor del que no existen grabaciones, y que se presenta de improviso en distintos lugares de la ciudad. La búsqueda es excusa para mostrar una Buenos Aires que esconde, bajo los escombros de la crisis, un mapa secreto. La obsesión por los mapas (que se repite en todas sus novelas y en su fascinación por el cuento de Borges "La muerte y la brújula") reaparece en Purgatorio , historia de una mujer que cree reencontrar a su marido, un cartógrafo desaparecido en los años de la represión. Pero lo encuentra con la misma apariencia de la juventud. El mecanismo de la extrañeza tiene menos relación con la tradición fantástica argentina que con la búsqueda por encontrar, en el mismo mundo, los mecanismos insólitos que rigen nuestra memoria. En los sueños, y a veces también en los recuerdos, todo es un presente perpetuo, donde los calendarios se borran y los relojes se apagan.
Más allá de las virtudes de sus otros libros, La novela de Perón y Santa Evita son las novelas fundamentales de TEM, dos piezas bien diferentes de una misma obra compleja e inagotable. Aunque muy diferentes entre sí, las dos tienen el mismo equilibrio entre el archivo innumerable y ese otro archivo, ignorante del orden alfabético, que es la imaginación. Pero creo que habría que agregar a lo más perdurable de su obra Lugar común la muerte , libro siempre abierto y cambiante que fue recibiendo, en reediciones sucesivas, nuevos agregados: Manuel Puig, José Bianco, Lezama Lima, Roa Bastos. Las páginas dedicadas al uruguayo Felisberto Hernández y a su final, con ese ataúd tan grande que debe salir por la ventana, son inolvidables. Como en La novela de Perón y en Santa Evita , Tomás Eloy Martínez elige el crepúsculo para retratar a sus personajes. A sus héroes ya no los incomodan las infinitas posibilidades que son inherentes a la vida y sólo se reflejan en el espejo de lo definitivo. Lo que estaba escrito a lápiz ha sido pasado a tinta.
Hay un célebre cuento de Henry James, "La figura en el tapiz", en el que un crítico dilapida su vida para llegar a encontrar la forma secreta que esconde la obra de un escritor al que admira. Es una perfecta metáfora de un modo de leer: buscar debajo de lo múltiple y visible hasta encontrar lo único y secreto. Pero quisiera oponer a ese tapiz, otro, más grande, que es en realidad un gran decorado. En enero de 2006, en el suplemente literario de LA NACION, Hugo Beccacece escribió una espléndida nota sobre Arturo Jacinto Álvarez, escritor y editor pero por sobre todo excéntrico (que es una vocación tal vez más profunda que las otras). Aquella nota se abría con la imagen de Arturo Álvarez contemplando en 1951, en medio del campo, el inmenso telón que pintó Picasso en 1917 para los Ballets Russes y que entonces era suyo. Extendía la tela sobre el pasto y movía su silla para ir contemplándolo por parcelas sucesivas. La obra de Tomás Eloy Martínez, por su complejidad y belleza, acepta las dos lecturas, los dos tapices....
Borges aborrecía a Hemingway de una manera sospechosa. Sentía, en principio, que era su antítesis: un hombre pacífico encerrado en bibliotecas contra un salvaje peregrino del mundo. Hemingway no tuvo tiempo ni siquiera de devolverle gentilezas puesto que cuando el autor de El viejo y el mar era una megaestrella de la literatura mundial y estaba a punto de volarse la cabeza de un tiro, Borges todavía no había sido canonizado en Europa por Roger Caillois.
Resulta, sin embargo, conmovedor que ambos contendientes tuvieran al menos dos coincidencias notables. Una era la fascinación por el culto del coraje. La otra era el temor al contagio de ese virus letal llamado periodismo. En este último punto, Borges y Hemingway pensaban igual: para cualquier escritor el periodismo era un buen oficio siempre y cuando fuera capaz de dejarlo a tiempo, lo que significa no traspasar jamás la línea de los 40 años. Los múltiples interlocutores de ambos jamás ahondaron en esta recomendación, pero yo siempre me he imaginado las razones profundas. Tal vez porque me incumbían de un modo personal.
El periodista escribe con suma conciencia de su público, anhela muchísimos lectores, utiliza códigos precisos y conscientes, le pega con efecto a la pelota. El periodista está más cerca de ser un guerrero de la palabra que un sacerdote de las letras. Es más un artesano, un profesional de la narración, que un artista. Esos supuestos "vicios" del periodismo pueden, para la academia, contaminar la literatura de ficción, que precisa de una independencia y de un puritanismo a prueba de trucos, calle y lectores.
Luego vino el Nuevo Periodismo, Tom Wolfe ordenó las teorías de la non fiction , Capote escribió A sangre fría , Mailer le respondió con La canción del verdugo , Guy Talese deslumbró desde Esquire y la crónica novelada llegó a cumbres excelsas en The New Yorker . Sin embargo, con todo ese viento a favor (la caída en desgracia de la novela decimonónica y la exaltación de los híbridos, la prédica del Instituto de Gabriel García Márquez y la praxis de la revista Etiqueta Negra) ; con Kapuscinski, Walsh, Villoro y Caparrós, todavía el periodismo sigue siendo en ciertos cenáculos literarios una materia contaminante y perjudicial. Lo es incluso después de haber demostrado sobradamente que puede convertirse en una de las bellas artes, y a pesar también de que la novela verídica -acaso el gran género de estos tiempos- está llena de frutos nobles. El periodismo sigue siendo, para muchos críticos, una enfermedad contagiosa que desvirtúa la mirada del "verdadero" escritor de ficciones. No es raro que Borges y Hemingway pensaran de ese modo hace décadas, lo raro es que algunos de sus descendientes hayan comprado esa idea y la hayan convertido en un dogma permanente.
Algo de esa incomprensión explica precisamente la indiferencia con que cierta crítica literaria ha recibido en nuestro país la obra de Tomás Eloy Martínez durante los últimos treinta años. Tomás no sólo es el padre moderno de la crónica en la Argentina (Walsh es el pionero), sino que además se atrevió a avanzar sobre la ficción llevando consigo los materiales periodísticos para moldearlos, a la manera en que Puig moldeó su otra gran pasión: el cine. Martínez eludió así el mandato borgeano y los prejuicios de Hemingway, e inundó de periodismo la novela. Y de novela al periodismo. Lo vemos claramente en La pasión según Trelew y sobre todo en Lugar común la muerte , textos que ya tienen asegurado un lugar en la Gran Biblioteca del Periodismo Narrativo. Y luego lo verificamos en La novela de Perón y en Santa Evita , donde la historia y el periodismo se amalgaman con la imaginación. Allí Tomás reflejó, como nadie, los mitos esenciales del peronismo, y creó con documentos, recortes, testimonios, chismes e imaginación personajes ficcionales más verdaderos que los auténticos. Su Perón es distinto y a la vez más verdadero que el real. La Evita de Tomás está llena de matices fantasmagóricos y posee una voz íntima reveladora que no tuvo. Lopecito y Moori Koenig son criaturas de ficción que le pertenecen: Martínez se apropió de ellas para siempre por el simple método de volverlas inolvidables. No es posible pensar en López Rega y en el coronel que secuestró el cadáver de Eva Perón sin pensar en lo que Tomás esculpió con la arcilla de la investigación y el vuelo de su prosa poética.
Esta operación literaria se consiguió llevando hasta las últimas consecuencias lo que Walsh había prefigurado en su pequeño gran relato "Esa mujer", otro texto inclasificable, mezcla de cuento de ficción con reportaje frustrado. "Esa mujer" es al género que inventó Tomás Eloy Martínez lo que "La carta robada" de Poe y "Los asesinos" de Hemingway fueron, respectivamente, al policial de enigma y a la novela negra.
Muere Tomás Eloy sin haber podido escribir un libro que soñaba desde hacía tiempo. Un ensayo acerca del oficio de narrar, que postulaba algo subversivo: "El periodismo y la literatura de ficción son para mí lo mismo", me dijo cuando estaba cerca del final.
Afortunadamente, muchas de sus reflexiones sobre el particular (Tomás mismo era un crítico agudo y un periodista cultural relevante) quedaron inmortalizadas en una antología que publicó hace cuatro años el Fondo de Cultura Económica. Hay que prestarle atención a ese libro que pasó inadvertido por el gran público, puesto que allí se encuentra la esencia y teoría de su arte.
El libro se titula, significativamente, La otra realidad . Y allí escribe: "Corregir la realidad, transfigurarla, disentir de la realidad, ya ha sido siempre uno de los deseos centrales del narrador". También califica como "ficciones verdaderas" el género de los deslizamientos que él mismo ha practicado y cuya tradición detecta en la historia de los libros. Y admite: "Escribo para explorar los límites entre lo real y lo ficticio".
Su prologuista fue Cristine Mattos, una doctora en Lengua Española y Literatura Hispanoamericana de la Universidad de San Pablo, quien confiesa que la primera seducción de los textos de Martínez es esa frontera con lo real: "En sus novelas, la imprecisión de los límites entre la ficción y la historia; en sus textos de prensa, un proceso de creación narrativa que se funde con el periodismo". Mattos asegura que han fallado los esfuerzos críticos por encajar a Martínez en los parámetros consagrados o en los géneros tradicionales. Sus textos contienen "demasiada ficción para los bordes que definen las novelas históricas, las composiciones biográficas o el llamado nuevo periodismo. Por otra parte, están cuajados de hechos que impiden definirlos como simple ficción y ubicarlos bajo algunas de las etiquetas asociadas a ella". Tomás trabajaba en esa "otra realidad". Hacía realismo virtual y no sólo lo hacía en sus novelas sino a veces en sus artículos, poniendo en discusión de algún modo el contrato de lectura y el sentido de verdad objetiva.
Esa "poética de la incertidumbre", como la define Mattos, es el sello por el cual Martínez quedará en la historia de la literatura argentina. Cuando se alejó de esa estética, cuando hizo novela pura y dura, cuando trató de quitarse la contaminación periodística, no alcanzó las alturas que había logrado y que siguió logrando con sus incursiones en la prensa escrita. Su Obra Periodística, cuando se compile, demostrará la real dimensión de su trabajo. Su intervención creativa es, efectivamente, inimitable y perturbadora, va mucho más allá de escribir crónicas periodísticas con los artificios del cuentista. Reflexiona el crítico Pablo Gianera: "De algún modo Tomás invirtió la preceptiva de la novela tradicional: en lugar de volver verosímil (´realista´) lo imaginado, consiguió muchas veces que lo real pareciera efecto de la imaginación".
En La otra realidad hay algunas muestras de su talento. Allí está, como en un volver a vivir, el comienzo de un artículo publicado en Caracas: "Alguna vez sugerí que Macedonio Fernández no existió nunca, y que sus fotos corresponden a las de un viejecito que se divertía imitándolo. Ciertas personas que llegaron a conocerlo estuvieron de acuerdo conmigo. Macedonio era un personaje visible pero improbable". O aquel comienzo antológico: "Al despertar de un desmayo que duró más de tres días, Evita tuvo al fin la certeza de que iba a morir. Se le habían disipado ya las atroces punzadas en el vientre y el cuerpo estaba de nuevo limpio, a solas consigo mismo, en una beatitud sin tiempo y sin lugar". O la prosa suntuosa y elegante de aquel otro capítulo inicial: "Una vez más, el general Juan Perón soñó que caminaba hasta la entrada del Polo Sur y que una jauría de mujeres no lo dejaba pasar".
Lo conocí personalmente hace ya muchos años, cultivamos una amistad signada por largas conversaciones sobre literatura, en las que nos contábamos los libros que estábamos escribiendo y Tomás no se privaba nunca de darme lúcidos y cariñosos consejos. Una vez, tomando algo en el Café Roma, le pregunté si no abandonaría Estados Unidos para ponerse al frente de una revista cultural. Ya era un escritor reconocido en muchas partes del mundo, un prócer que se codeaba con García Márquez, Fuentes, Auster, DeLillo. Pensé que me sacaría carpiendo. Pero a cambio de eso comenzó a fantasear con volver al ruedo. Hacer lo que había hecho en Primera Plana , en Página/12 y en tantos otros medios de aquí y de América latina. Regresar a una redacción, poner en marcha un proyecto. Luego en Europa, su amigo José Claudio Escribano completó el juego de pinzas y Tomás repentinamente aceptó.
Desde ese momento hablábamos a diario, y yo iba diseñando el negocio y los números cero desde Buenos Aires, esperando que se mudara. Lo hizo mientras comenzaba a luchar contra el tumor cerebral que le habían detectado. Encaró esa batalla médica con un optimismo sobrenatural mientras seguía con sus libros, con sus conferencias y con la génesis de adncultura. Somos periodistas de diferentes generaciones y tuvimos, como no podía ser de otra manera, muchas discusiones, aunque nunca pudimos dejar de querernos. Se apartó para volverse un consejero externo y para seguir escribiendo su novela Purgatorio . La quimioterapia le quitaba fuerzas y comenzaba a tener un dramático sentido del tiempo.
Me llamó hace unas semanas para despedirse. Tomamos el té en su casa de Buenos Aires y simulamos que volveríamos a vernos. No pude dejar de pensar en Tomás ni un solo día desde aquél en el que lo vi definitivamente vencido, allí donde alguna vez estaremos todos. Y aun así peleando para ponerle el punto final a una novela inédita sobre el Olimpo.
Este editorial tenía por misión demostrar por qué su literatura no morirá a pesar de que nada contra la corriente de los cenáculos y los prejuicios de la contaminación periodística. Y esta edición especial lleva como propósito aunar notas de escritores y periodistas que lo conocieron y lo han leído apasionadamente, con textos antológicos del propio Tomás Eloy Martínez.
Nos enseñó a todos mucho. Muchísimo. Lo vamos a extrañar.
Y perdón por el lugar común. Perdón por la tristeza.
© LA NACION
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