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Friday, February 05, 2010

copiándome o no, después de todo quién soy

ADN, derechos y ácidos.
No hay que saber mucho de derechos para darse cuenta que la intimidad es la intimidad y no hay ley que pueda cambiar desde afuera semejante entidad de la condición humana, ni la cosmética ni la razón de ser de un derecho natural e inherente a lo más esencial de nuestra naturaleza más pura, y que por esto está como soporte de la vida antes que otros principios si uno intentara armar algún ordenamiento o establecer prelaciones sobre lo que es anterior o posterior en esto de determinarse a uno mismo, y con sujeción o prescindencia a la participación de otro o de otros en esa iniciativa. Claro que las líneas que marcan los espacios tanto reales como virtuales en todo eso son muy indefinidas y a veces esto hace que se avance hacia lo que todavía no se sabe si debe ser como sucede con la eutanasia, o en un extremo opuesto se incurra en extraordinarios errores como privar de la libertad a alguien por no acordarse el número de DNI de memoria o por su aspecto de hippie en desgracia como era para cualquier argentino en la década del setenta.
La intimidad es la intimidad y creo que en eso debemos coincidir francamente – no de la boca para afuera - la mayoría de las personas que habitamos en este planeta, pero la privacidad que no hay que confundir con lo privado, como componente de nuestra personalidad es constitutiva aunque no determinante de nuestro rol social que se despliega en una gama muy amplia de posibilidades, y entonces sucede que alguien quiera meterse con nuestra intimidad sin que uno lo pida o lo quiera, además individualmente podemos estar más o menos predispuestos a compartir nuestra intimidad con otro u otros o directamente a no compartirla. El que fue violado queda indudablemente lesionado en su sustancia pero como sociedad como sistema apuntamos en ese caso a quien produjo la lesión y por lo general condenando la actitud pero no desagraviando al lesionado que es quien la sufre, en todo caso sólo se lo contiene, el intríngulis nunca es recuperado por el individuo y es así como se entra al amplio espacio de grises que hay en esta cuestión que va del blanco al negro, porque los terceros, que como grupo sí resolvemos socialmente nuestras lesiones ¿nos metemos con quienes suponemos que sufrieron alguna lesión en su intimidad o no nos metemos, lo hacemos en algunas ocasiones y en otras no?, ¿hasta dónde como terceros entendemos que debemos involucrarnos con la intimidad de otros especialmente en los casos que la persona no lo pide o cuando lo pide expresamente, o cuando la persona no lo quiere? ¿Por qué se debe ser lo que otros quieren que se sea y no se es lo que se debe ser? ¿Está bien que la carga generacional de otro pase a ser de uno que pertenece a otra generación? ¿Hay en el sistema alguien con la capacidad de ponderar decisiones íntimas no lesivas socialmente, puede alguien obligar a otro que modifique decisiones subjetivas?
Aunque según costumbres argentinas muchas veces nos inclinemos a tomar el lugar de Dios la intimidad es la intimidad, y aunque se busque el fundamento por donde se busque no está bien obligar a alguien en forma compulsiva directa o indirectamente a someterse a pruebas para averiguar su ADN por caso u oponer razones si las hay que puedan desencadenar las acciones, porque seguro que una decisión de esas características toca alguno de los términos de la ecuación que constituye nuestra inmanente espléndida e intangible intimidad, o todos sus términos.
Como el de la integridad, porque en su resolución y con independencia de las normas que pueda haber en ese sentido la estatura de la propia probidad es primero una decisión individual y privativa y si uno está entero con su entorno y además eso no es lesivo no hay porqué alguien pueda arrogarse el derecho de objetarlo, porque de la misma manera nosotros podríamos impugnar lo que creemos que es discutible de los demás, obviamente armando más de un lío estilo argentino con piquete y todo, y por más legítimas que sean las razones ajenas que se hacen relativas si no se compadecen con las propias, mucho menos si estas pertenecen al panegírico de la filiación de uno mismo. ¿Cuántos ejemplos de cuestiones no resueltas hay en nuestra sociedad solamente porque las personas optan por preservar su entereza?
Como el de la dignidad, porque la vergüenza y la sobriedad son instintos independientes y se encuentran en un nivel superior a la apreciación externa del honor o el propio deshonor. ¿Es el honor individual una variable dependiente del voluntarismo de otro o de otros?
Como el umbral de la identidad, que está antes mucho antes que la probable inexactitud de terceros para la medición de valoraciones muy personales y porque en su forma de elección equivocarse por cuenta propia también es anterior a cometer errores por interpósitas personas, más aún más si la información, la comunicación o el conocimiento están impregnados de algún ácido rencor del tercero en discordia.

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