La torre de babel.
En el principio nos entendíamos y así nos iba bien, o normal como a una familia normal que cuida de su patrimonio y sus ingresos.
No sé si mi abuela supo alguna vez que se trataba de la moneda nacional, pero puedo dar fe que sí supo que el peso que atesoraba le rendía, que centavo a centavo de los que caían en sus manos regordetas y marcadas por el tiempo, se multiplicaban varias veces en panes caseros y sopas pulsudas como ella las llamaba. Viniera de donde viniera, de su conchabo el abuelo o de alguno de sus hijos cuando tuvieron edad de trabajar y, por supuesto, de merecer, la plata que entraba alcanzaba para lo que salía como gastos y aún guardar para otros menesteres.
No sé si supo de decimales cuando llegó el primer cambio de dos ceros menos que nos dejó como en la luna, el mismo año de la Apolo alunizando. Tampoco sé si desde su mentalidad entendió la nuestra, la argentina, original y atravesada como siempre, apegada como ella estaba a su tierra a pesar del pasar de los años, lejos de su Extremadura natal que allende el océano, le contaban seguía infectada por la guerra y la miseria.
Lo que sí supe es que el paso de una moneda a otra la alteró, que le hizo subir la presión y que se pasó varias jornadas de reuniones familiares viendo de acomodar los pesos al peso de las necesidades, buscando con malhumor los códigos de una comunicación sin peleas, con mi madre especialmente, que por entonces le aportaba el dinero, para la comida y enseres parecidos y hogareños, los gastos aumentados con motivo de la educación mía y la del hermano que me seguía, que a cargo de la vieja mamá nos había dejado.
Después de un concilio y varios conciliábulos se pusieron de acuerdo con los números y como si nada restablecieron la rutina de hacer alcanzar lo que se tenía para comprar lo que se quería, de ir desde el menos buscando el más, ahorrando lo que se podía, pero algo se había movido en sus cabezas, y en las de varios de nosotros, para entender la antigua referencia entre el peso que entra al bolsillo y el que sale.
Nos entendíamos y así nos iba bien, pero el cambio aún digerido literalmente, trajo malestar entre ellas y se derramó a nosotros, y nos entendimos un poco menos que lo normal, aunque seguimos siendo una familia normal.
No sé si mi madre lo supo cabalmente, pero en los cambios que vinieron actuó como una experta en cada ámbito doméstico donde se moviera, si lo de experta se relaciona con lo de hacer alcanzar el dinero para el sustento y encima guardar algunos pesos, no en la caja de ahorro como en épocas de la libreta, sino en los plazos fijos que se pusieron de moda.
Lo que sí supe es que evitando la larga referencia del dieciocho ciento ochenta y ocho, se adaptó al cambio de cuatro ceros menos que se dio en el ocaso irreversible del proceso que encarajinó la democracia, y encaró decisiones y negocios domésticos interesantes, por las ganancias digo, que de todas maneras le costaron horrorosas agarradas con mi padre, cuyos nervios desproporcionados provenían antes de su meticulosidad buena leche para entender las proporciones, que de la disponibilidad del dinero que ponía en manos de mi progenitora, confiando en la intuición de ella más que en su presunta y propia racionalidad para distribuir gasto y ahorro, corriendo contra el tiempo, y contra la inflación también, ya que nunca la plata nos sobró como para decir que nos sobraba.
Nos entendíamos y así nos iba bien, pero el cambio trajo peleas entre ella y mi padre y se desparramaron entre nosotros, y nos entendimos menos que lo normal aunque seguimos siendo una familia normal, tratando de pelear el ascenso de lo poco a lo mucho cada vez con menos fuerzas.
No sé si yo supe entender las otras dos mudanzas que se vinieron, después de la que coincidió con el amanecer de aquella misma y machucada democracia que supimos conseguir. La primera en el año en que el austral fue como otra aurora de las tantas que tuvimos y tenemos, sin el águila guerrera o con águila sin el vuelo triunfal.
Lo que sí se es que en poco menos de siete años, y con la última mutación del síganme que no los voy a defraudar, siete ceros trastornaron mi memoria y las memorias más pintadas, y que a falta de una rosa de los vientos fuimos perdiendo de a poco lo mucho o poco que tuvimos, como perdimos el norte, que según dicen otros tuvieron y nosotros no tuvimos oportunidad de tener.
Supe que ya no fueron sólo discusiones de mis abuelos o de mis padres, que hubo otros abuelos y otros padres y otros hijos que dejaron de entenderse, supe que nos involucramos todos los parientes y no parientes, en las opiniones de lo que nos pasó y de aquello que nos pasa, que mis hijos se quedaron con menos chupetines o calesita, pero lo que es más grave, que algunos otros hijos, tal vez también los míos en un futuro que seguro es como el presente, se quedaron sin patrimonio, sin trabajo y por lo tanto sin ingresos.
Supe que hay veraz sin verdad para muchos de nosotros metidos por la fuerza en el huracán de usureros que asola en el universo y al universo blanco y celeste, que tampoco hay verdad ni veracidad en una nación que no cumple ni adentro ni afuera, supe lo que es ser muerto civil que deambula en un cementerio de vivos que despojan y de despojados e imbéciles.
No nos entendimos más y así nos va de mal, porque el cambio trajo para algunos de nosotros la pobreza, la incapacidad para saber si bajamos del mucho al poco o al casi nada por culpa de nosotros, o por culpa de aquellos que tienen potestades porque se las damos nosotros, y así la mendicidad cuajó, la indignidad se convirtió en costumbre, la procacidad en hábito, y la indigencia y otras lacras llegaron a las costas del continente de muchos de nosotros o nos inundaron, y nos entendimos un poco menos que lo normal, aunque sigamos convencidos que somos una familia normal.
Como la mía, o como yo que no entiendo ni entenderé tantos cambios, tanta indiferencia y tanta infamia en las manos de unos pocos, poco normales por cierto, en esta montaña de desencuentros, en esta torre de desconciertos que hicimos y en la que como pancho vivimos.
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