Más vale sorete conocido que
sorete por conocer. Y al final si no queda otra que negociar con el peor es
mejor peor conocido que peor por conocer, vendría a ser una adaptación libre de
la más conocida sentencia popular que más vale malo conocido que bueno por
conocer, que marca las distancias las grandes distancias que hay entre el costo
particular en el que incurrimos cuando negociamos con quien consideramos que
nos embroma que es menor en nuestras consideraciones que el costo particular en
que incurriríamos si decidiéramos probar las virtudes de quien no conocemos
pero que por algún argumento de uno o de uso cuantos nos llega que es un bueno
en vez de un malo, porque ya sabemos que la sutil frontera entre la maldad y la
bondad contiene una amplia franja de gamas intermedias en la que lo que nos
parece malo termina al final siendo bueno y lo que nos parece que es bueno en
una primera escala termina siendo malo a la larga, porque esas apreciaciones
dependen de tantas circunstancias subjetivas que rebalsan los recipientes de
contenidos promedio que muestran que al final entre los cristianos y peregrinos
hay más malos que buenos pero malos que son menos malos que en escenarios de
malos embroman menos que los que son verdaderamente malos, y más buenos que malos
pero buenos que son menos buenos que otros en escenarios de buenos que embroman
más que los que son verdaderamente buenos, así que siguiendo estas especies de
trabalenguas más vale una persona con actitudes de mierda que ya se conoce que
una persona que parece de buenos modales y no conocemos ni mierda.

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