No hay mal que por bien no
venga. Liberarse dándose o no dándose cuenta, de los que hacen daño de los que
están para hacer el mal, que cuando ya no estén será un bien, poner el lomo
para hacer más fuertes los lazos con los que no hacen daño, con los que están
para hacer el bien que por lo tanto no será mal nunca, dos situaciones donde el
mal es diferente pero es mal al fin, que presagia que permite tener la
presunción que el bien, el bien de verdad no ese bien que se escapa volátil unas
veces invisible otras veces, en algún momento se filtrará por los resquicios de
una vida que, llena de fisuras que se abren en el alma en el espíritu mismo en
algunos de esos lugares intangibles, vendrá, llegará en algún momento
sobrevendrá en el escenario de pálidas en el que están los que vienen para
pasarla más mal que bien, una gran mayoría de infelices creyendo en ese cuento
que después del sacrificio está por fin la recompensa, aunque cada día esa
recompensa está igual o más lejos que el día anterior, convencerse que está
bien estar mal y que está mal pero muy mal estar bien, que eso no se compadece
con los que consiguen estar bien siempre con lo que consiguen ellos, los mismos
que construyen este tipo de cuentos sobre resignaciones al ostracismo en el
nombre de una redención en el futuro, como si de eso se tratara discurrir entre
malas vibras o entre malas ondas, porque esas son las condiciones de quienes
hipócritamente ligero aconsejan, porque nunca pasaron por privaciones, nunca tuvieron
males, nunca estuvieron mal, en el peor de los casos vegetaron que no es un mal
que por bien no vega.

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