Lo único que
perecía al margen de la histeria en esos días en ese pueblito de mierda era una
manada de perros callejeros desmañados y sucios trasuntando en busca de comida
seguramente, que de rato en rato especialmente cuando se despoblaban las calles
por la hora de la siesta, chapuceaban en los charcos y cabeceaban mostrando sus
ojos grandes redondos vidriosos lastimosos, paseando empiojados y amodorrados
en busca de cualquier comida o de los restos de comida que las comadres
juntaban como sobras de los guisos o los pucheros para darles primero a los
animalitos de la casa que estaban como si posaran inmóviles y chochos y rechonchos
en los zaguanes o en los zócalos o en los peldaños de los porches de entrada a
las casas en el ingenio, o de los restos de los restos de la comida que los
compadres disimulaban con caras de asco en cajones que afanaban en la verdulería
de los Guerrero que les hacían la vista gorda con esto, cajones que ellos forraban
primero con diarios viejos y amarillentos para traspasar esas materias babosas
y chorreantes de la basura, lo único que parecía al margen de la histeria era
esa yunta de perros vagabundos que iba y venía por las cinco cuadras de la
avenida libertad, mientras quien más quien menos transcurría neurasténico por
las calles escuchando que por orden del interventor de la municipalidad el
Buendía anunciaba por medio de unos altoparlantes un mensaje que salía de unas
cintas grabadas antes por el mismo con la voz impostada como le salía cuando le
tocaba dar noticias que no gustaban demasiado, hacía saber a la población de la
vigencia del estado de sitio del mantenimiento de las garantías mientras estén
cumplidas las instrucciones y de los cuidados extremos que todos tenían que
tomar para no quedar pegados de células subversivas de la guerrilla apátrida,
le salían al publicista del pueblo las palabras dictadas por el secretario del
interventor de la municipalidad que respondía al comando de la región con
asiento en el jardín de la república, las palabras fluidas como habrán sido las
instrucciones que tenía, que tenían por esos días las comadres y los compadres
que de asustados ni siquiera organizaban jodas porque se veía que ni sabían lo
que buscaban o perseguían los milicos recién llegados, porque al vecino de
Palito se lo llevaron y ahora como si hubiera resucitado apareció después de
dos meses y dijo que con estos no hay joda y que no quiere tener problemas, que
no le hablen del sindicato ni de la explotación de los obreros ni de nada.

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