Los primeros días
fueron todo una novedad, la casa por la calle, el encierro por el espacio
infinito de la ciudad, el primero el segundo el tercer día, la primera semana
la segunda fueron todo una novedad, el primer mes y los restantes, respirar
tranquilo sentirse libre de verdad sentarse en cualquier vereda sin pedir
permiso a nadie sin rendirles cuentas a nadie sin andar explicando estupideces a
la bruja a los niños a vecinos o curiosos en el almacén de la esquina en el
súper, buscar cuando vinieran las ganas agua en bebederos destruidos por los
inadaptados y vándalos en plazoletas atiborradas de niños de sirvientas y
jubilados armarse una choza con pedazos de cartones de cajas usadas en tachos
de basura, lavarse la cara después de noches tenebrosas y de desvelos, sentirse
libre aunque esa libertad hubiera sido pagada con su raquítico patrimonio que
era más heredado que propio la escritura de la casucha un autito de mierda, sentirse
libre aunque para sentirse así se hubiera entregado lo poco que se tenía, libre
de ataduras gritos imprecaciones reclamos, de celdas estrechas de calvarios en
rincones de la casa para calmar las iras que despertaban los insultos los
razonamientos de la ladina los gritos de los caprichosos de los chicos, lo
timbres que sonaban todos los días apretados por vendedores ambulantes por
mercachifles ofreciendo de todo, libre y tranquilo aunque fuera en la calle para
amortiguar las intolerancias las ganas de meter puñetazos en puertas o ventanas
de mandar todo al carajo, libre de vagos varios que venían con discusiones por
cualquier motivo, caminar por las calles sentarse en un banco de cualquier
plaza cuando cayera la ficha de la ocurrencia subirse al cerro siguiendo los
senderos que abrían niños promesantes con morros recordatorios de las
estaciones del calvario de los últimos días de Jesús las doce estaciones o las
diez al final los curas nunca se ponían de acuerdo, senderos de curas y de los perros,
de la ciudad que antes se contemplaban desde la ventana mientras se cuidaba a
los críos que pasaban esos días que no los aguantaba nadie, los primeros días
fueron todo una novedad sin los gritos ni las llamadas de atención de la ladina
que se quejaba todo el día de cualquier cosa de la casa de la falta de trabajo
de la escasas vituallas que llegaban desde las casas paternas cuando ellos se
habían comprometido a ayudar con los gastos y presupuestos cuando se confirmó
el embarazo y le dijeron que evitara el raspado y que lo tuviera aunque no
esperados los nietos eran una bendición de dios y hasta por ahí llegaban con un
pan bajo el brazo, toda una novedad caminando por las calles que antes se
transitaban por intervalos de la casa al trabajo del trabajo a la casa cuando
la ladina no dejaba ni respirar ni siquiera los viernes por la noche cuando los
muchachos se juntaban a comer bagre en
los mayuatos jugar al sapo y mamarse hasta nomás de las cuatro de la mañana, los
primeros días fueron todo una novedad dirimir con los otros que andaban por la
calle que no es de nadie pero sí de los que como él habían perdido además de
las esperanzas el rancho para volver después de las andadas.

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