Parecía que creciendo se hacían
más fuerte los muchachos y más burlistas que nunca, era de mariquitas andar
metiéndose en los juegos de las chinitas que andaban con sus muñecas y sus casitas,
pero no era de mariquitas tocarse el culo en las formaciones de la escuela
Dorrego mientras la directora maldecía a los infernos con sus propios infiernos
a cuestas, o tocarse el culo entre varoncitos durante los juegos de soldados
que hacían sus guerras en los patios de las casas grandes o en las
inmediaciones del campanario de la iglesia donde se conseguían varios
escondites que oficiaban de refugios cuando empezaban los tiroteos de
mentirita, andar manoseándose aprovechando la timidez de los amigos tímidos en
medio de barricadas cuando comenzaban los falsos enfrentamientos los aguantes
en las trincheras que simulaban las trincheras de las películas de guerra donde
aparecían David Niven, Dean Martín y los otros, que ni se despeinaban en medio
de las peores batallas o de los peores bombardeos que les traían con las
polvaredas las mejores mujeres que los rescataban porque además de bellas eran
hábiles enfermeras o asistentes en los hospitales de campaña, era de mariquitas
andar metiéndose en el juego de las niñas pero no había nadie que los pare a
los maricones más grandes del grupo que aprovechaban para apurarlos y reírse de
los más chicos de los más debiluchos como para defenderse o andar contestando
las cargadas, siempre de la misma manera, cuando se renovaban los miembros de
las barras de la esquina de Florida y Paulina en el ingenio, era de mariquitas
cargaban los más grandes a los más chicos eso de andar jugando a las payanas o
a las rayuelas o al arroz con leche, pero no era de maricones mandarse la parte
con los más chicos.

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