Quedamos inmortalizados en fotos
que registran lo que somos en un instante infinitamente pequeño del tiempo
infinitamente pequeño del tiempo infinitamente inmenso del universo por el que
pasamos anónimamente sigilosamente aunque algunos tengan las suerte de asarlo
mejor que otros según los patrones con los que se miden los conforts, quedamos
ahí congelados en los que fuimos en los que fuimos ahí congelados para una
posteridad que a la larga o a la corta nos ignorará como nosotros mismos
ignoramos a los que anduvieron antes y si nos descuidamos a los que andan, ni
más ni menos lo que fuimos los que no volvimos a ser ni volveremos a ser en el
paso implacable impecables del tiempo que nos arrasa como un monstruo invisible
que no vemos pero que nos va dejando marcas de su paso por todos lados de un
cuerpo que cede en cualquier lado, en líneas que cruzan nuestras frentes en
cachetes que se marcan en inflamaciones que además vienen con las alergias y
las mañas que nos van dejando en el camino de la historia, en esas fotos
quedamos para los que nos quieren para los que no nos quieren, para que en las
posteridades en esas alteridades en esos pretéritos alguien derrame una lágrima
por nosotros o una maldición le salga del mismo pecho, ahí quedamos
irrepetibles en esas pose que casi siempre queremos repetir porque creemos que
cuando nos enfocaron nos pescaron con el perfil inadecuado porque vamos
convencidos por ahí que lo mejor de nosotros no se ve en una instantánea o que
siempre a la instantánea le falta para mostrar lo mejor de nuestro tres cuartos
perfil derecho, lo que fuimos el que tuvimos en todo caso, el que nunca más
tendremos aunque seamos los mismos entre el nonato y el vejestorio.

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