Otrora rey de sus palabras elevadas
al aire en escenarios de pistas atestadas de bailarines ávidos de escuchar las
canciones esclavo de sus silencios garabateados en hojas de cuaderno Rivadavia
arrugadas de tanto andar por los bolsillos de compositores junto a pentagramas
incompletos que se hacían con algún instrumento a mano y en los momentos que se
podía, en las mejores épocas de petiteros uniformados con pantalones blancos y
sacos azul marino que eran la vestimenta de la orquesta, cuando no había que
andar rebuscándose el mango en el mercado en las ferias con los oficios de
estibadores, el pregonazo deshidratado en la madrugada de los domingos sin
falta se recorría punta a punta la avenida libertad tambaleándose sin la ayuda
de ninguno de los que en otros tiempos vivieron bajo las sombras de la fortuna
que había amasado como cantante de un grupo de cumbias patrimonio que le había
desvalijado en un santiamén de un día para otro la mujer que fue el único amor
de su vida que se escapó con el mejor amigo sacándole en cara que cogía mejor
que él a ella que le pedía, hediendo de orines salpicados en sus harapos y
transpiraciones que destilaban la gota gorda del blanco que tomaba, el hombre zigzagueando
se hacía el recorrido repartiendo el diario cada domingo en media lengua de
curda ordinario gritándole a los que lo cruzaban porque entraban o salían de
los turnos en las fábricas o salían de los boliches en las albas, que
cualquiera es rey de sus silencios y esclavo de sus palabras.

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