Salir sabiendo que lo guampeaban
que apenas ponía un pie en la vereda entraba el pata i lana tener que salir lo
mismo sino los presentismos no le corrían y entonces no le liquidaban las horas
extras y si no le liquidaban las horas extras la puta de la bruja reclamándole
que todo el tiempo en vez de callarse la boca y de abrir las gambas como
correspondía a una señora de buenos modales, reclamándole porque llegara
puntual a los turnos que no se hiciera el iracundo y que no anduviera con
huevadas como pelotudo desorientado poniéndose en la boca de los chismosos de
seguridad e higiene, hartándolo con qué les darían de comer a los niños y
reclamos parecidos atragantarse las viandas asquerosas para ahorrar unos mangos
en las mesas mugrientas de la fábrica en medio de la grasa de los trapiches y
del aceite derramado en los mantenimientos, nadie más que él mejor que él para
explicarle a cualquiera lo que era yuguear desde las cinco de la mañana después
de un café fuerte para acomodar la garganta después de rascar con la cucharita
la azucarera por sus borde con costras que le recordaban la falta de azúcar y
presupuesto, después de despegarse como podía de su cama lloviera o tronara,
después de ir y venir del trabajo a la casa, después de las sirenas o del pito
que intermitente sonaba entre las cinco y las cinco y media, después de remar
toda su vida de pelearle a los infortunios de ahorrar para hacerse del techo
propio el tipo se había olvidado de darle a sus niños que les tendría que haber
dado lo que pasando el tiempo se fue dando cuenta que tenían interesados de
mierda que lo pusieron de garantía con los usureros, techo de sus moradas que eran
infierno verdaderos martirios.

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