Por esos tiempos no era lo que se
dice un remanso una fuente de agua cristalina un edén un paraíso soñado el
jardín de la república donde iba cada dos por tres en la veloz del norte a
visitar mi noviecita pupe o al menos a la que yo pensaba que era mi noviecita,
porque donde no veíamos algo más que una simpatía empujaba nuestras ganas y
nuestros entusiasmos por besarnos y tocarnos todo lo que pudimos pero por ahí
en esos alrededores donde vivía me daba menos, aunque me arriesgaba caminando
por calles donde a nadie parecía hacerle mella lo que pasaba con esos intrusos
que andaban vestidos de uniformes verde oliva mezclados con otros vestidos como
cualquiera de civiles como se dice espiando desde falcon verdes a todos lo que
seguramente querían espiar, por esos tiempos ese lugar no era lo que se dice un
espejismo en un desierto un oasis poblado de buenos amigos era el propio
desierto adonde aterrizaba a verla los fines de semana y los feriados que
empalmaban hasta me animaba a dormir en las veredas esperándola a que se le
ocurriera verme después de los líos que yo hacía para llegar a ese lugar
infectado de miliquitos y cabos asustados por sargentos y cabos con cara de
orto y gritones, comandantes desaforados, mientras yo romeo de Julieta perezosa
andaba por calles adonde nadie echaba de menos a nadie y donde los murmullos
estaban a la orden del día y las averiguaciones de antecedentes y las redadas,
en medio de esos tires y aflojes yo aparecía a visitar a pupe, hasta que un
novio celoso que apareció de la nada uno de esos días el verdadero novio del
que ella no me contara me sacó carpiendo en medio de un tiroteo adicional en
una casa vecina en una rosca de guerrilleros y tipos del proceso de
reorganización nacional, más o menos.

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