Éramos felices las niñas jugando
sus payanas entretenidas con esas piedras redondas y regulares que recogían de
los obradores y el ripio que traían los de obras civiles para hacer cambios en
las viviendas, ellas mismas rayando sus rayuelas en rayas irregulares pintadas
con tizas blancas afanadas de la escuela Dorrego sobre las baldosas inmensas
del bulevar de la avenida libertad donde caíamos todos a vernos las caras, las
niñas saltando sus piolas o moviendo sus caderas para mantener los giros
monótonos de esos aros de alambre que armábamos con los trastos que
encontrábamos en los fondos de nuestras casas en los areneros de los patios
interminables donde jugábamos, éramos felices nosotros los niños tramando
funciones de circo que imaginábamos detrás de rancho endebles que armábamos con
telas de plásticos sacados de la basura y palos de escobas que tomábamos en los
momentos que nadie los usaba aunque después lo buscaran nosotros los niños
concentrados en los giros de trompos de todos los tamaños haciéndolos dormir en
giros y contra giros que no terminaban después que los lanzábamos al piso
buscando los efectos con piolines especiales que pasábamos con meticulosidad
por esa superficie del cono de esos adminículos giratorios como la perinola que
también jugábamos, tomando todo cuando tocaba o dejando cuando correspondía,
éramos felices los niños y las niñas hasta que comenzamos a mirarnos de otras
formas nosotros a ellas cuando las protuberancias de sus pechos comenzaron a
hacerse visibles y supongamos que ellas cuando nuestras ganas de ignorantes
lascivos comenzaron a notarse demasiado.

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