No eran concurrencias como las de
las procesiones de la virgencita del rosario pero eran desfiladas de gente que
empezaban cuando se terminaba el día, porque era como que las sombras
disimulaban las maldades que de día se ocultaban detrás de los buenos modales
de vecinos pundonorosos, una cadena de alcahuetes variopintos garantizaba que
las listas negras se completaran y el mayor Arenas tuviera lo que cada
atardecer les pedía al par de tenientes que lo ayudaban por disposición del
jetón que comandaba el operativo independencia en el jardín de la república,
vecinos envidiosos y pollerudos acicateados por sus mujeres que hervían en
caldos de ponzoñas de toda laya que se ocupaban de separar a la gente del
ingenio entre trabajadores tranquilos y zurdos revoltosos que fácilmente
mordían la mano de quien les daba de comer, chismosas y calentonas hembras
viudas o despechadas en busca de aventuras secretas que les devolvieran las
emociones de las fornicaciones a escondidas y de apuros, empleados y obreros
leales a patrones explotadores y desleales con compañeros del sindicatos o de
los gremios amigos que tenían esas pantallas para divulgar en las fábricas la
explotación del hombre por el hombre y las ventajas de una revolución que
tardaba en llagar por esos lados porque parecía que cuando iba a ser otro
encadenamiento pero de coimas circulaban por los compañeros más flojos que sin
que alguien les dijera esta boca es mía se daban sin que les pidan los nombres
de revoltosos y de otros con los que tenían entongues de deudas o de corneadas
con la ilusión que así los solucionaban, una cadena de alcahueterías
variopintas circulaban por los pasillos y los rincones de la municipalidad día
por día, con eso desbarajustaron la sinarquía, en círculos que de todas maneras
no se cerraban en escarmientos.

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