Como el ingeniero había dado la
orden o las órdenes en los sesenta los largos rosarios de instrucciones para
que nadie mal interprete, después de los líos del último golpe cuando se fue la
tortuga porque la corrieron de la rosada, y de las olas innovadoras de
organización y métodos que trajeron los licenciados y contadores de casa central
auditores internos y externos que después se quedaron para poner las cuentas de
las empresas del ingenio en orden, así fueron las ordenes en los setenta en
otros líos de golpes de estado, más que con otras cosas con los legajos de los
obreros de los empleados que ni lo sabían porque los del sindicato de asado en
asado terminaban con los de la empresa como chanchos amigos revolcándose juntos
en contra de los compañeros trabajadores, como el ingeniero el doctor cumplió
las consignas de la misma manera con eso de no escatimar en los gastos ni andar
fijándose en centavos a la hora de armar las carpetas para compaginar el legajo
de cada una de las cinco mil almas que pasaban por año por las fábricas y el
campo, que cada una de esas personas que se rompían o no se rompían por la
empresa que se esmeraban o no se esmeraban, tuviera como mínimo cuatro o cinco
carpetas que juntas hacían a las descripciones completas del paisano cualquiera
fuera o del chaguanco que tocara, que no había ni hijos ni entenados en ese
manejo de la vida privada de cada uno que nadie estaba exento excepto el
ingeniero o el doctor de ser observado no solamente de palabra sino también por
escrito, en esas carpetas colgantes juntas parecían la radiografía de los tipos
para el gringo que las mirara y mucho, para armarle a los gendarmes sus propios
legajos que eran los que más las usaran porque después de los operativos les
servía para preparar las papeletas de los que llevaban por averiguación de
antecedentes a otros lados, para eso estaban ellos y no los de la policía de la
provincia que hacían otras tareas, casi con la contra orden de andar vigilando.

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