Como plagas, los coyuyos los
cascarudos y los pirpintos y las enredaderas y las siemprevivas en las
glorietas ponían sombras fugaces en las tardes divertidas que pasamos por allá
en el parque con el nombre de ese que le daba nombre a todo solo porque se
cruzó una montaña vaya a saber en qué año vaya a saber por qué motivo que no
nos interesaba, los pirpintos aleteando y los coyuyos entrampados en sus vuelos
torpes y los cascarudos andando a pasos interrumpidos y en peligro de ser
aplastados cuando bajaban al piso, a merced de las mínimas brisas que los
llevaban de canto sobrevolando por ratos el espejo del lago donde los patos
pizcaban las migajas y los pochoclos que los niños y los grandes desaforados
les tiraban desde las orillas, tapaban intermitente el sol que se filtraba por
el follaje de las enredaderas que recorrían metros igual que las siemprevivas por
el piso los muros y las estatuas de los próceres o los guerreros que mudos se
aguantaban esas raíces aéreas que invadían y levantaban partes de los senderos
de cemento por donde corrimos tantas veces cuando éramos eso nomás, dos niños
sin pesos paseando y cuidados a la distancia por esas mujeres que cuchicheaban
vaya a saber de qué cuchicheaban, esas mismas que de a ratos nos hacían señas
gesticulaban para avisarnos lo que ya sabíamos que había llegado el vendedor de
las manzanas con caramelo esas pelotas rojas y brillantes que comíamos de a
trozos de mordiscos, esas tardes que pasamos sin preocuparnos de nada por allá,
antes que te fueras detrás de la princesa que te fue enseñando de esas cosas a
las que apenas asomábamos hablando gansadas, antes que la princesa con esas
cosas te bañara de tristezas.

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