De energúmenos, cosas de
muchachos aburridos que trabajaban desde la cuatro de la mañana hasta el mediodía
en los surcos controlando a los coyas en las cosechas para que no se afanaran
la caña de azúcar de los patrones y después de comer como bestias y dormir sus
siestas se aburrían sin programas de entretenimientos que les bajaran las adrenalinas las
energías, pero allá andaban en barra y al cuartito de Don Giovanni en la
soltería del ingenio no caía ninguno de ellos que también trabajaban en las
fábricas y tenían el mismo lugar de residencia del viejo, alguna vez en algún
momento de sus días de chismosos no más que eran alguno de ellos había hecho
correr la leyenda que el tipo mayor que ellos era un pedorro de esos y que
entonces ir a visitarlo era aguantarse todo el aire enrarecido de fétidos
olores encerrado entre las cuatro paredes el aire denso de su cuarto y que
además de aguantarle esas malas costumbres había que soportar que el tano se
pusiera a contar de cómo había escapado de la primera guerra y de cómo había
llegado por esos lares con el oficio de
peluquero gracias a un tío que lo aguantó con la pensión mientras él aprendía
sus menesteres, cosas de muchachos a ellos no les faltaban programas y lo
dejaban pagando en las tardes largas de los domingos cuando comenzaba sus
descansos y en los francos de los lunes cuando vagabundeaba a paso lento por
los rincones del pueblo donde ubicar a un alma dispuesta a conversar un poco
como lo hacían entre ellos mismos esos muchachos altivos que ruidosos salían detrás de sueños y
de proyectos en sus licencias largas y cortas, pero a Don Giovanni todo eso no le interesaban todas
esas fachadas porque los martes las historias cambiaban, su vecinos andaban
todos taciturnos y él resucitaba en la peluquería cuando las madres les
llevaban los críos que no tenían otra que aguantarse en silencio las historias
del viejito mientras una y otra vez rapaba a la americana todos pelados y flequillo sobre la frente

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