Los primeros días dimos más
vueltas que un perro triste persiguiendo infatigablemente su cola en la puerta
de la casa de la luz roja bien al fondo de una avenida del ingenio lejos de los
tránsitos de la gente meritoria honesta y laburante, por lo menos así lo veía
el cura que en las confesiones nos preguntaba de esos paseos inconfesables en
las catequesis aburridas de los sábados a la tarde, hacíamos los amagues de
entrar nos desanimábamos todos en bloque como si fuéramos una jauría de perros
en celo sin perras cerca, la casa estaba en las orillas y en las sombras con
ese pequeño foco que proyectaba una sombra de cono sobre la calzada de cemento
alisado que sostenía los bordes de la calle de tierra, ninguno sabía muy bien
porqué estuvimos ahí así que tiene que haber sido una mezcla de vergüenza con
desconocimiento un miedo a lo desconocido tal vez como le dicen, lo que nos
hacía pasar y repasar por los alrededores de esa casa mágica que comenzaba a
brillar cuando las oscuridad cubría todo el pueblo y los vecinos y los paisanos
cerraban las persianas de sus casas o apagaban las luces para dormir para
meterse en los sueños con los que descansaban de las exigencias de los turnos
en las fábricas, con la excepción de los que como nosotros pispaban la luz roja
que anunciaba que las chicas que habitaban la casa grande ya estaban listas,
los primeros días dimos muchas vueltas con el corazón latiendo más de la cuenta
inseguros de entrar o como decía alguno de nosotros por miedo a encontrarse con
algún conocido que seguro que preguntaría qué andábamos haciendo por allá
cuando apenas fuimos imberbes y tontos que seguramente nos cargarían
preguntándonos qué queríamos hacer en un lugar como ese donde las chicas piden
mucha plata para dar sus caricias, eso tal vez buscamos eso, caricias que nos
compensaran las calenturas que entonces nos bajaban, cuando confundimos las
caricias con las franelas rojos de la vergüenza.

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