Y así, de un día para el otro,
los vecinos comenzaron a portarse como el orto, el que era no fue más y el que
no era comenzó a serlo, el que cuchicheaba dejó de cuchichear y el que no
cuchicheaba comenzó a hacerlo, como si se hubieran vueltos locos, como si las
veletas se hubieran corrido de sus ejes en sus cabezas, dejaron de portarse
bien y comenzaron a portarse como la mierda, los que se saludaban antes dejaron
de saludarse, los que antes se frecuentaban después de los turnos en la fábrica
dejaron de frecuentarse, y no hubo más corsos en carnaval, ni bailes de los
doce de octubre en el club recreativo, los que iban a los boliches comprimieron
sus círculos de íntimos, lo amigos comenzaron a hablar mal de sus propios
amigos y los enemigos hablaban peor de lo que hablaron antes, de sus amigos y
de sus enemigos, todos queriendo congraciarse con los militares que irrumpieron
en todo menos en la propia empresa ahí no se metían, con ellos sí afloraba las
buena predisposición para escuchar al otro, la paciencia, la atención, por lo
menos durante las horas claras del día, durante las cuales hacían tareas
administrativas dentro de las comisarías que tomaron para acomodar unos
cuartuchos que hacían de calabozos donde los dejaban a los que traían en la
redadas de las noches, del blanco al negro, los vecinos que no entraban en las
sospechas o en la redadas, caminaban silenciosos y cabizbajos por el pueblo, y
así dejaron de saludarse, las reuniones de los atardeceres en las galerías de
las casas para tomarse unos mates desaparecieron, y a cambio la indiferencia y
el encono fueron las marcas más comunes de los lugareños, no hubo más quermeses
ni desfiles los nueve de julio, no hubo tabas ni trucos ni canastas hasta
trasnoche.

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