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Sunday, December 01, 2013

Despedida rima desmedida.



Y hubo un día que el general le dijo a Rosita Campusano que se volvía para la aldea que lo hartaron las intrigas de los taimados peruanos conspirando a favor de ellos mismos todo el tiempo cambiando de partidas como si todas las cartas de este juego valieran los mismo para rematar las jugadas, como si fuera lo mismo negociar con los españoles que entran y salen de las guerras y se van haciendo pobres mientras le quitan el oro que se llevan los corsarios en los océanos que negociar con los dueños de la libras esterlinas y de los bancos y de las colonias más importantes, como si fuera lo mismo tener oficiales extranjeros en el ejército nacional que oficiales nativos que comprenden a la gente, y hubo un día entre tantos procelosos días de lascivias de lujurias encerrados en cuatro paredes porque Rosita ganaba mientras retozaba con él en la cama más batallas que sus oficiales en los propios campos de batalla que le tuvo que decir que reculó con ese terco de bolívar que se caga en todo y quiere hacer una revolución sola para américa como si por acá se pudiera tener porvenires sin los empréstitos de los otros para eliminar los virreinatos y todos los negocios instalados para llevar tesoros a las arcas de los reyes españoles, que el jefe y algunos de sus seguidores enceguecidos como Sucre o como Santa cruz pensaron lo mismo y que entonces para qué se habrá embarcado en todos destos menesteres de ser el protector de gente que ni siquiera quiere ser protegida, y hubo un día que el general le dijo a Rosita Campusano que no le preguntara más que tenía pactos de caballeros que tenía que mantener en secreto.

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