Y hubo un día que el general le
dijo a Rosita Campusano que se volvía para la aldea que lo hartaron las
intrigas de los taimados peruanos conspirando a favor de ellos mismos todo el
tiempo cambiando de partidas como si todas las cartas de este juego valieran
los mismo para rematar las jugadas, como si fuera lo mismo negociar con los
españoles que entran y salen de las guerras y se van haciendo pobres mientras
le quitan el oro que se llevan los corsarios en los océanos que negociar con
los dueños de la libras esterlinas y de los bancos y de las colonias más
importantes, como si fuera lo mismo tener oficiales extranjeros en el ejército
nacional que oficiales nativos que comprenden a la gente, y hubo un día entre
tantos procelosos días de lascivias de lujurias encerrados en cuatro paredes
porque Rosita ganaba mientras retozaba con él en la cama más batallas que sus
oficiales en los propios campos de batalla que le tuvo que decir que reculó con
ese terco de bolívar que se caga en todo y quiere hacer una revolución sola para
américa como si por acá se pudiera tener porvenires sin los empréstitos de los
otros para eliminar los virreinatos y todos los negocios instalados para llevar
tesoros a las arcas de los reyes españoles, que el jefe y algunos de sus
seguidores enceguecidos como Sucre o como Santa cruz pensaron lo mismo y que
entonces para qué se habrá embarcado en todos destos menesteres de ser el
protector de gente que ni siquiera quiere ser protegida, y hubo un día que el
general le dijo a Rosita Campusano que no le preguntara más que tenía pactos de
caballeros que tenía que mantener en secreto.

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