Los atardeceres limeños son más
placenteros para el general si los pasa con su preciada Rosita, tibia en la
cama fría en el espionaje de las tertulias caminado por los adoquines de las
plazas donde se recoge información cálida en las tardes más si está sola con él
atenta en los mediodía cuando se filtra entre las filas de los realistas a
escuchar lo que dicen los oficiales, esa niña que supo descubrir los vericuetos
sus propias encrucijadas las que no le cuenta a nadie menos a los obsecuentes
peruanos, más que ninguna de las otras antes más que ninguna de las patricias
que se habrán andado detrás del general de los generales cuando estuvo por esos
lados, esa doncella que supo descifrar sus laberintos en sus bragas mientras
que lo ayuda con su guerra de zapa, esa que el general lleva adelante con los mismos
cuidados que pone en la realidad de las batallas, en los propios campos donde
se viene entreverando cumpliendo los planes trazados, los atardeceres limeños
son más placenteros así porque la niña lo ayuda con las mezclas de placeres y
obligaciones al general de los generales que conoce bien que en esas idas y
venidas de versiones él tiene que ir leyendo con mucha atención las entrelíneas
para distinguir las verdades de las mentiras las exageraciones de las
distorsiones las lealtades de la traiciones las actitudes fingidas de las
maneras en que se muestran las realidades o las interpretaciones de las
realidades que es una cosa distinta, de la misma manera que recorre con su
vista y sus manos los mapas en medio de las batallas de los combates y ates en
el medio de las escaramuzas menos importantes, cubre a su Rosita desnuda de
miradas indiscretas mientras la niña de los rubores sin resignaciones se
entrega también a sus manos de guerrero con las que la recorre de punta a punta
ella le va haciendo los ajustes al capitán y él la ajusta a ella.

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