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Thursday, November 21, 2013

Solaces rima falaces.


Los atardeceres limeños son más placenteros para el general si los pasa con su preciada Rosita, tibia en la cama fría en el espionaje de las tertulias caminado por los adoquines de las plazas donde se recoge información cálida en las tardes más si está sola con él atenta en los mediodía cuando se filtra entre las filas de los realistas a escuchar lo que dicen los oficiales, esa niña que supo descubrir los vericuetos sus propias encrucijadas las que no le cuenta a nadie menos a los obsecuentes peruanos, más que ninguna de las otras antes más que ninguna de las patricias que se habrán andado detrás del general de los generales cuando estuvo por esos lados, esa doncella que supo descifrar sus laberintos en sus bragas mientras que lo ayuda con su guerra de zapa, esa que el general lleva adelante con los mismos cuidados que pone en la realidad de las batallas, en los propios campos donde se viene entreverando cumpliendo los planes trazados, los atardeceres limeños son más placenteros así porque la niña lo ayuda con las mezclas de placeres y obligaciones al general de los generales que conoce bien que en esas idas y venidas de versiones él tiene que ir leyendo con mucha atención las entrelíneas para distinguir las verdades de las mentiras las exageraciones de las distorsiones las lealtades de la traiciones las actitudes fingidas de las maneras en que se muestran las realidades o las interpretaciones de las realidades que es una cosa distinta, de la misma manera que recorre con su vista y sus manos los mapas en medio de las batallas de los combates y ates en el medio de las escaramuzas menos importantes, cubre a su Rosita desnuda de miradas indiscretas mientras la niña de los rubores sin resignaciones se entrega también a sus manos de guerrero con las que la recorre de punta a punta ella le va haciendo los ajustes al capitán y él la ajusta a ella.



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