Quién nos podía quitar el mundo
que tuvimos en nuestras manos si no fueran ellos, esos uniformados que vinieron
a arrebatarnos los sueños sin pedir permisos es más con el consentimiento de
los que tuvieron que dárselo. Quien nos podía quietar el mundo en las manos en
las noches de desvelos de libaciones sin resoluciones, si no fueran esa junta
de comandantes que tantos aplaudían en las calles de la aldea, esos que
empapelaron las calles de comunicados de guerra esa guerra que libraron contra
hermanos, quién no podía arruinar esas nuestras fiestas tempranas si no fueran
ellos, esos oscuros oficiales tomando decisiones oscura en cuartos oscuros de
cuarteles oscuros, quién nos podía quitar las sonrisas de pícaros aprendices de
malandras galanes fiolos cumpas camaradas, ajenos a batallas libradas en campos
inventados inveterados de llantos de ruegos de pedidos de misericordia en
fiestas que se convirtieron de pronto en funerales en lutos en compunciones de
milongas que fueron reemplazados por toques de queda, quién nos podía quitar el
mundo que tuvimos en nuestras manos en nuestras pequeñas manos de changos de
primos de tigres de hermanos de culiados en nuestras pequeñas manos de niños
todavía.

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