Elisa conoce muy bien los
sentidos del mariscal se da cuenta cómo presta atención cuando mueve sus
enaguas exageradamente almidonadas que le hacen más sensible la piel y le saca
sarpullidos en sus rodillas, a pesar de andar siempre en emergencias y cuidando
de los soldados heridos o mutilados ella no descuida su séquito de sirvientas
que van con ella por todos lados, les enseña cómo tienen que hacer bien sus
tareas y con estas cosas de las lavadas y de andar planchando en campañas, ella
se molesta por esos lugares donde lo apacible se mezcla con las emergencias,
la tranquilidad con la intranquilidad, y a ella esas molestias no le importan
cuando anda concentrada en darle a él lo que sabe que le gusta que justamente
está debajo de las enaguas pero ates debajo de todas esas telas que la cubren
del cogote a los talones, le gusta todo eso que él la ande manoseando las tetas
prominentes y duras escondidas detrás de los batones con los que duerme que
tienen que estar limpios y lisos si el carbón de las planchas estuvo bien
encendido, ella conoce bien de los amoríos que tiene con su marido desde que se
conocieron en medio de las lujurias de las noches parisinas, de lo que le viene
bien en los desánimos que le causan las traiciones los ajusticiamientos que por
lo que grita está están en todas las órdenes, afuera los campos de batalla
adentro batallas diferentes con frentes distintos, a la irlandesa Lynch le encantaban esos campos, exclusivos, la guerra en Humaitá ha
cruzado la suerte y nada se parece como la guerra y los amoríos puros
entreveraos de paraguayos con los de afuera, ellos adentro ocultados de sus
subordinados, mezclando.

No comments:
Post a Comment